ABCdario

Por Víctor Octavio García

¡Qué tiempos aquellos!

* Paloma de la buena suerte


En mi tierna infancia viví una experiencia irrepetible a lo largo de varios días, inimaginable que un día podría consignar lo que hoy les comparto; en casa de mi bisabuela, casa de techo de palma con un corredor de vigas de palma y carrizo al igual que la talabartería donde trabajaba mi tío Loreto García , todos los días se posaba una paloma pitahayera –ala blanca– que mi bisabuela le tiraba el arroz que quedaba de la comida sobre el tronco de un viejo y frondoso eucalipto; sobre el eucalipto mi tío tenía recostado un atravesaño grueso de chino donde descarnaba la vaqueta que en ocasiones “cagaba” y los enfurecía; un día hizo un “tirador” –resortera así les dicen aquí– de palo de arco y ligas de hule de tubo de llanta y me ofreció veinte centavos por la paloma, con veinte centavos se compraban cuatro panochas (piloncillo) o tres dulces de leche empapelados o varias galletas con betún, paga atractiva en aquel entonces; una mañana con ánimo de ganarme los veinte centavos me di a la tarea de juntar piedras redondas un poco más grandes que un “catotón” para hacer los tiros más precisos; yo ya estaba familiarizado con el cantar de la paloma, canto que me parecía y aún lo siento triste, melancólico..….y algo más, su presencia la relacionaba como buena suerte por lo que me pasaba –según yo– ya sea encontrarme alguna moneda, que mi bisabuela me diera un dulce o una tortilla de harina extra o no recibir ningún regaño durante el día regaño, deseos muy sencillos pero afortunados para mí.

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