En la Opinión de Alfredo González


Un homenaje a Juan Ramos Cepeda

Hace unos días recibí una nota del maestro y abogado escritor y buen camarada Valentín Castro Burgoin donde se me informaba en asociación de escritores por la sudcalifornidad habría de presentar un evento en las instalaciones de cultura ubicada por la Altamirano, me tocaría hacer la presentación de uno de tantos aspectos del desaparecido amigo Juanito Ramos.

No sé por qué razón o por esas expresiones caprichosas del cerebro recurrí inmediatamente al maestro Carballo Félix quien en una de las clases que nos impartía cito entre otras cosas al poblado de San Pedro ubicado en el municipio de La Paz: “es la última comunidad o primera que se toca cuando viaja al sur”. Ahí está donde siempre. Con el tiempo sufrió cambios relativos, un expendio de carnitas, una yarda de carros, y el caserío casi tradicional para salir hacia el carril izquierdo una imagen sagrada que de regreso el viajero prendía, una veladora en señal de gratitud por estar más cerca de La Paz.

Es en ese pueblo donde nació Juan Ramos Cepeda, hombre de rancho, pero también de letras, persona afable que vio transcurrir su niñez entre las trancas duras de los corrales, de los corredores de tierra de palma, que eran una bendición en el verano y que un sinfín de macetas colgantes de las vigas que nada le pedían aquellos mausoleos famosos por ser verdaderos jardines en babilonia.

Le sorprendía la madrugada “frillita” con olor a romerillo, hierbabuena y el café recién colado y que en un vaso de peltre corría quien ordeñaba la vaca. Mientras saboreaba el café muy jovencito tocaba la guitarra. Un sombrero de paja y así transcurrió la infancia de Juan. Aquel niño vio un adolescente, miraba hacia el norte de su comunidad observando el viejo camino real con los camellones propios para camiones que iban perdiendo en la distancia y seguramente se preguntaba: “¿Qué habrá más allá?”. Obviamente Juan tomo las costumbres de caballerosidad de los hombres que llegan y se quitan el sombrero y les invitada una tasa de buen café. Agudizó los oídos y capto las tonalidades de las inflexiones de la voz del ranchero, se grabó palabras que podíamos decir que entre otras “el masque” junto, me arrende (devolví), ¡Apéese! Significa bajarse de la montura y así fue hilando las anécdotas, queda en germinación lo que en un tiempo perentorio se llamó Psicolingüística del ranchero californio.

Brindo el honor al radio XEBCS hoy la radio de sudcalifornia la que transmitiera las primicias. Era tal la gracia con que lo hacía y puedo expresarlo porque vengo de familia ranchera pero era la sonrisa porque nos imaginábamos estar viendo el escenario, algunos se aprovecharon para criticarlo porque se decía que se burlaba de la forma de nuestra gente. Falso, propio de los hipócritas y los fementidos.

Juan incorporó a la cultura sudcaliforniana algo que se había perdido.

Un día decidió venir a la ciudad, seguir estudiando. Pero le llamo más el arte cuya axiología o valor absoluto es la belleza. Incursiono en el ballet clásico, en obras de teatro, le entro al trabajo llevando productos hasta la sierra y así se convirtió en un tipo polifacético. Al marcharse Juan Ramos la nostalgia de los tiempos nos recuerda que toda aquella persona que se entrega con toda su vocación al salvaguardar los intereses espirituales de un pueblo jamás se muere.

Juan seguramente de niño escucho aquella historia clásica que tuvo como epilogo el palo blancar donde un primo hermano de don Isidro Angulo fue pasado por las armas por su primo hermano también de apellido Angulo por el grave delito de ser el correo del general Félix Ortega Aguilar y una anciana abuela de los dos le arrebato el fuete, le cruzo el rostro hasta donde se cansó su envejecido brazo.

Hombres como Isidro Angulo hubo muchos. Pero curiosamente está ligado a la memoria del héroe que no ha muerto, Félix Ortega Aguilar

En un breve paréntesis platicaremos algo relacionado con esto. Ortega Aguilar tenía un hijo llamado como su padre José María. Unos jóvenes de los ranchos circunvecinos lo invitaron venir a la paz, los tres muchachos salieron de las playitas con toda intención al mediodía para llegar oscureciendo al camino real y hacer la cabalgata final y llegar temprano a la Paz. Y para las 4 de la mañana estaban en la cabalgaduras y a la 1 de la tarde en La Paz, se acicalaron y decidieron ir a gustar a uno de ellos se le ocurrió tirar un quien vive (balazo) en el aire, la época estaba un poco turbia y era muy penado eso, la conseja oral dice y lo de la anciana un familiar cercano que un militar de esos con hiel y con cara de perro, ordeno que los aprendieran y que fueran fusilados. Sin embargo había alguien llamado Julián Rivera Padilla, era quien repartía el alfalfa en el pueblo de la paz para gallineros, al escuchar tal situación tomo su carrito, las playas estaban a 25 km de distancia y tomo el recorrido, saludo y dio el parte al general apuntando que Rivera era villista.

El general golpeo su puño contra su mano y dijo ¡Mal rayo los parta! Escribió unas líneas al militar que estaba de jefe, en ese trayecto se enteró el militar que José María era hijo del general entonces llego don Julián a entregar el papel que decía: “en honor a encuentros que tuvimos con el enemigo te pido que no los mates, así tendrás la conciencia más tranquila”. Entonces agarra el papel el militar y le manda decir: mire Félix, voy a soltar a uno pero los otros dos los voy a quemar, ahí viene don Julián de vuelta con la respuesta de don Félix.

Mira, le dijo, o sueltas a los tres o no sueltes a ninguno. Yo por la tarde noche te voy a buscar.

Al día siguiente los tres muchachos estaban a salvo pero no se salvaron de la bastoniza que les puso el general.

Entonces nos preguntamos si hombres de esa talla son desplazados de un lugar en la capital del estado para que nadie pregunte o diga quién es esa persona que está allí, quiere decir que en el mozalbete que dijo que venimos a acabar de los paradigmas se empezó a equivocar. Y así sucesivamente

Juan Ramos mucho tuvimos que aprenderle, yo le preguntaba si tenía el mismo valor cultural el brindis del bohemio que el poema del rey de Texcoco que se refiere a la madre y me contestaba: la cultura es algo extraordinario. Hay cultura popular en el chascarrillo que enciende, en el verso pícaro que enamora pero también hay mucha cultura en aquellos versos que hablan de un gladiador luchando por su libertad. Creo que es importante que la obra de Juan se conozca. Quiero hacer la entrega este momento de unos lotes de libros que siendo de mi autoría sean entregados a la casa de la cultura y creo es importante no dejar atrás la casa de la cultura de san Antonio que lleva limpio el nombre Dominga G. de Amao.

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