En memoria de Marcelo Torreblanca Sánchez y Saturnino Castro Sández


Por Domingo Valentín Castro Burgoin

No fueron muchas las veces que en su vida adulta se encontraron. Cada uno de ellos siguió el rumbo de su destino y de la labranza personal que de él hicieron. Circunstancias distintas y equidistantes de cada una de sus vidas guiaron sus destinos. Pero la inflexión se dio en la infancia y quedó para siempre sellada en la amistad, se mantuvo en la juventud y se afianzó en la madurez de sus años, no obstante lo casual y lo esporádico de sus encuentros.

Como muchos, creo en la espiritualidad y que la muerte es una puerta que se abre a la existencia distinta a esta vida terrenal, y seguro estoy que el día diez de enero pasado volvieron a estrechar sus manos en el calor del espíritu, a contarse anécdotas de su vida en La Paz y a percibir juntos la paz de la eternidad, pincelada por los recuerdos imborrables que dejaron en nosotros como hijos, en sus demás familiares y en sus amigos que aquí seguimos hasta que Dios nos lo permita.

Haré una breve narrativa de esa amistad entre el doctor Marcelo Torreblanca Sánchez (5 de marzo de 1937-10 de enero de 2023), recién fallecido, y Saturnino Castro Sández (29 de noviembre de 1932-5 de marzo de 2007), a quien -después de quince años de ausencia física- seguimos diciéndole sus hijos: mi Apá.

El doctor Torreblanca vivió casi 86 años. Saturnino Castro casi 75 años. Mi Apá era mayor que él cuatro años y meses. Con setenta años de diferencia, el día cinco de marzo (de 1937) el doctor Torreblanca nació y Saturnino Castro murió (2007). Un día simbólico.

Hace más de ochenta años que mi tía Elisa, su hermana mayor, se trajo a mi Apá de Agua Caliente, actual ejido en la Delegación de Santiago, a vivir con él y su esposo Felipe Cortés a La Paz, a una casa rentada cerca del antiguo Hospital Salvatierra. La casita, construida con el típico ladrillo que distingue a La Paz de antaño fue destruida hará unas cuatro décadas, pero sigue en mis recuerdos como si aún siguiera allí. Hacía algunos años que habían quedado huérfanos mis tíos Margarita, Guadalupe, Loreto, Arnulfo, y por supuesto Elisa y Saturnino, quien era el menor de todos. Fallecida su mamá Rafaela Sández, su papá Leocadio Castro a los pocos años se fue a hacer nueva vida al Valle de Santo Domingo, y ellos ya habían sido atendidos y criados con su tía la profesora Guadalupe Sández, quien después viviría en Santa Anita, cerca de San José del Cabo. Sin duda, años difíciles por la prácticamente pérdida de ambos padres, las dificultades se acentuaron aquellos años donde no era nada fácil por la escasez de todo lo material, en pobreza, en la ausencia de escuelas y trabajos en la vida rural que llevaron, pero aquellas dificultades se compensaron por la solidaridad familiar y la ausencia de graves problemas sociales como los que actualmente abundan. No tengo el dato de cuantos años vivieron con mi Tía Lupe Sández, como le mencionamos siempre. Seguramente unos tres o cuatro años, hasta que Elisa adquirió más edad, se casó y pudo traerse a mi Apá, como digo. Las otras hermanas Margarita y Guadalupe también se casaron y se quedaron a vivir en Agua Caliente. Arnulfo también hizo lo mismo y Loreto se fue a abrir brecha a los campos de cultivo en Mexicali, y tiempo después lo seguiría mi Apá.

Saturnino en su niñez, viviendo en La Paz no terminó su escuela primaria, pero aprendió lo suficiente en Aritmética para atender ya adulto sus changarros y en Lengua Nacional y Civismo para leer y escribir, para después exigir sus derechos por la tierra ejidal. Por la diferencia de edad con su amigo Marcelo Torreblanca, quizás no fue en la escuela primaria donde se conocieron. Sin embargo, la necesidad de ayudar al sostenimiento familiar que tuvo mi Apá seguramente lo hizo acercarse y tratar al entonces también niño Marcelo, pues haciendo mandados, vendiendo empanadas, el casi adolescente Saturnino llegó a trabajar a la casa de los maestros Rosa Sánchez de Torreblanca y Marcelo Torreblanca Espinoza de los Monteros, padres de Marcelo. Comento esto para reflejar las diferencias del entorno familiar de nuestros personajes y exaltar en las diferencias lo valioso de su encuentro y su amistad.

La Paz entonces era una ciudad pequeña, pero de afectos muy grandes. Todas las familias se conocían y las diferencias sociales apenas perceptibles no producían fronteras en el trato de las personas. Un ambiente de relaciones como de una gran familia, donde la ciencia y la tecnología que se habían detenido por los años de la Gran Depresión en el vecino del norte, apenas si eran perceptible en alguna luz mercurial que alumbraban las pocas calles de La Paz, y permitían ver en las noches sin luna un austero malecón, las palmeras meciendo sus ramas, y sus muelles fiscales donde los estibadores, desde la madrugada sudaban sus espaldas. Era parte del ambiente paceño que en el centro se escucharan las notas de un piano y la familia sentada en el porche; y desde luego, propios y extraños disfrutaban el aire del Coromuel sin percatarse de la ausente contaminación de la bahía, si acaso alguna mancha de aceite derramada en sus cascos por los motores de barcos de carga de mediana estirpe, buques que inspiraron alguna vez al joven Marcelo Torreblanca y que años más tarde, con otros calados e insignias, lograría servir como marinero. Y sería después o paralelamente a ello que el joven Marcelo Torreblanca se convertiría en odontólogo, por supuesto yéndose a estudiar, sin perder por ello su origen pueblerino, su sencillez y su don de gentes, porque junto a otros profesionales de la medicina, como el doctor Francisco Palacios Ceseña, también fallecido hará unos años y gran amigo de mi padre Saturnino, los pasos ascendentes en la escala social, no fueron obstáculo para seguir siendo personas de trato afable y sencillo. Puedo pecar de inexacto, pero no de ficcioso.

Podría imaginarme el buen trato que los padres del estimado doctor Marcelo Torreblanca le prodigaron a mi padre en su necesitada infancia y juventud. Sin duda, después de terminar su trabajo en su casa le invitaban a comer “un taco”, decía mi Apá. Y tal vez ropa y algunos utensilios le habrían regalado. Signos de su bondad y de la comprensión para quien la vida le dio limones y con ellos hizo limonada. Porque con esas duras condiciones de la orfandad y de la necesidad económica, en cuanto pudo emigrar hacia el norte de la península, lo hizo, y hasta de mojado a los campos agrícolas de California llegó, no exento de aventuras y peligros a su corta edad.

Y ese trato que me imagino, recibió, lo deduzco de un hecho tan cierto como emotivo: tuve la fortuna de ser alumno de la maestra Rosa Sánchez de Torreblanca, primero o segundo grado de la Escuela Secundaria Técnica Industrial y Comercial número 1 “Profesora Concepción Casillas Seguame”. Nuestra distinguida maestra de español, menudita, entrada en años, con sus grandes anteojos, su cabello corto y chino, pasito a pasito, subía las escaleras del nuevo edificio de la ETIC en la calle Isabel La Católica, entonces la última calle pavimentada y la polvorosa calle Reforma. Cargada de sus libros, de sus apuntes, sufriendo alguna enfermedad, cumplía su deber como un apostolado: darnos la clase matutina, conducirnos por los recovecos del lenguaje y conocer la sintaxis, la prosodia y la ortografía. Teníamos doce o trece años sus alumnos. Era 1970, 1971, y esa escena por las mañanas dos o tres veces a la semana, no hacía menos que enternecernos. No exagero al decir que algunas veces estuvo a punto de caer o de desmayar en clase, pero no para hacerla cejar en sus empeños y su responsabilidad, hasta que se jubiló.

Bajo ese contexto, después de la muerte de mi padre Saturnino, sabedor yo de la amistad entre ellos, de que cuando encontraba al doctor Torreblanca, la primera pregunta era por su amigo Saturnino, mi respuesta era: Allá anda haciendo lo mismo, yendo y viniendo a Agua Caliente, cultivando la tierra y vendiendo en su changarro. Esto lo hizo hasta que la enfermedad acabó con sus fuerzas y no pudo regresar con autonomía a su querida tierra, a la que a lo lejos, desde las Torres en Santiago, divisaba su terruño cercano a la sierra, y su semblante se alegraba pasando la hondonada, los palmares, el ancho arroyo y los guamuchilares de Santiago.

Mientras que el doctor Torreblanca, siguió atendiendo sus pacientes, leyendo hasta que sus cansados ojos y la enfermedad tendieron también un manto de oscuridad, como una cortina que no deja ver, pero que le permitió revivir los recuerdos que quedaron como paisajes en sus neuronas, como pinturas vivas de las escenas que su memoria guardó de su desarrollo personal, de sus padres y de sus hijos, de su familia y de sus amigos. Y entre estos recuerdos, estoy seguro y me consta, que la amistad y quizás las aventuras, el lenguaje, la ironía y la malicia, sus giros expresivos de hombre del campo y del rancho, de mi Apá Saturnino, como los que Juan Ramos eterniza en su Anecdotario Sudcaliforniano, estuvieron con él y se fueron al encuentro de su amigo que se abría el sendero de luminosidad, quizás no el mismo día diez de enero de su deceso, sino tal vez uno o días más, cuando ya el encuentro espiritual y amoroso que tuvo con sus padres Rosa y Marcelo, le brindaron al estimado doctor Torreblanca un espacio para sentir la presencia uno del otro, ya sin el flagelo de la enfermedad y las preocupaciones temporales de uno y de otro.

¡Qué ejemplos de vidas, y de amistad sincera! Así, pura y sin mezclas, porque no había más interés y propósito porque nació exenta de ellas, dada por las circunstancias y el destino. 

Ya ambos se han ido de La Paz, pero han quedado en paz, en la paz que da la fe y la certeza a quienes aún estamos aquí, aún en el dolor y la tristeza, en la vida presente, de que Dios existe, no solo en nuestras mentes, sino en la eternidad.

Descansen en paz.

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