En la Opinión de Alfredo González


Juan Ramos se ausentó con el ángelus

Las nubes del día de su muerte mostraron sus arreboles tristes y nostálgicos al caer la tarde. Era el ángelus, la oración vespertina que marca el final del día. La infancia de Ramos Cepeda transcurrió en las estribaciones de un lugar llamado el palo blancar ubicado en San Pedro, en un ambiente ranchero de lo que se sentía orgulloso. Desde muy joven uso el sombrero de paja cuyas orillas tuvieron mejores tiempos, la guitarra y encaramado en la tranca del corral transcurría el tiempo. Por allá en el palo blancar una desgracia entre dos primos hermanos Urbano Angulo Coronel, y un hombre que se había convertido en el informante del general Ortega Aguilar que fue fusilado sin causa. De la conseja oral de un familiar se nos dice que la abuela de ambos le quito la fusta al militar y le cruzó el rostro hasta que su anciano brazo se cansó.

La universidad de Juan fue la breña. Se le hizo el cuero duro. Macizo. Y miraba la serpiente la carretera y oía hablar de La Paz. Un buen día tomo el camino y después se le vio en foros declamando, practicando el ballet clásico y una de las aportaciones importantes que prolonga la validez de un hombre de rancho es la psicolingüística del ranchero sudcaliforniano. Nos hizo el honor que fuera XEBCS radio cultural la que transmitiera al aire muchos capítulos, la forma de hablar, las inflexiones en sus remates, el decir por “bájese del caballo, apéese del caballo, me arrende, significado de que se había regresado” y demás cosas que le toco escuchar y que muchos le quisieron adjudicar como escarnio y burla a nuestros rancheros, falso de toda falsedad.

Nos tocó la fortuna de acompañarlo en el homenaje que se hizo en un área cultural del ágora de La Paz y se vio el aprecio y como siempre estuvimos los que debíamos estar, ni uno más, ni uno menos. Juan fue un hombre versátil, seguramente con errores porque todos somos humanos pero como amigo sabio serlo. Fue una buena persona. Finalmente el día de fallecimiento las nubes se mostraron grisáceas y su voz estremeció cañadas y veredas.

Pasó a su plano astral y en su cabalgar frente a una hermosa aurora boreal una voz tersa, acariciante le dijo: “Juanito, apéate, aquí estarás feliz, ya no te querrás arrendar”.

Un homenaje a quien siempre dio todo sin esperar nada. Y un retobo para aquellos que no lo supieron comprender.

La frase de este lunes: “¡En el cabresto nos vemos!”.

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