En Corto


LA MARCHA

Por Carlos González Muñoz

Fueron cientos de miles los asistentes: Más de un millón doscientos mil, aseguran, convirtiéndose en la marcha más concurrida en la historia del país, también la más alegre, sin provocadores y cero incidentes de violencia. En su lugar muchos besos y abrazos.

Por las calles principales de la CDMX, el pasado domingo 27 de noviembre, un rio humano que a su paso rompía inclemente el silencio e inundaba el espacio con el grito mil veces repetido, “¡es un honor estar con Obrador!”, contagió a transeúntes y paseantes con su entusiasmo desbordado, inagotable: seis horas duró la caminata del Ángel de la Independencia al Zócalo, cuatro kilómetros de recorrido, miles de apretones de mano, fotos con el líder, porras, bailes, cantos.

Fue un festejo inolvidable.

El Presidente de la República seguramente estará feliz al comprobar, una vez más, el amplio respaldo popular que tiene su gobierno y el proyecto de la Cuarta Transformación, constatar de primera mano el cariño y respeto que le profesan las multitudes, el cuidado y protección que le brinda un pueblo que hace inútiles y superfluas medidas de seguridad extremas que en cambio sí necesitaron todos sus antecesores.

Pero AMLO no era el más feliz.

Quien más gozó el acontecimiento seguramente fueron el millón y pico de asistentes, el pueblo, la base social del obradorismo. ¿Por qué?

Porque simple y sencillamente a quien más le urgía salir a la calle a demostrar fuerza y músculo es a la gente que le apoya, una fuerza extraordinaria adormilada, contenida.

La pandemia de Covid- 19 y las medidas sanitarias que llevaron al encierro domiciliario por más de dos años a prácticamente toda la población, obligaron al Presidente y a su partido, Morena, suspender toda movilización de masas en calles, plazas y avenidas, el espacio físico en el que la izquierda mexicana (y de cualquier país) desarrolla sus principales batallas políticas y exhibe su fortaleza.

La marcha del domingo 27 fue ocasión y oportunidad para recuperar la confianza en el otro, en los demás, en el de enfrente, recuperar la autoestima lastimada por el confinamiento riguroso y dejar atrás el infortunio que rompió con lo colectivo y nos convirtió a todos en individuos aislados, en guerreros solitarios.

La marcha del domingo,con su magia, hizo posible comprobar que “En la calle codo a codo somos mucho más que dos”.

Ni duda cabe.

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