En la Opinión de Alfredo González


Un hombre llamado Francisco Monroy

Los ecos resonaban por aquí, por la calle Aquiles Serdán, donde un jovencito se enfrentó a los enormes neumáticos de los camiones de aquel tiempo.

Parecía una lucha desigual donde se indicaba que David no podía vencer a Goliat. La fuerza de sus brazos no iba de acuerdo con el diámetro pero su mente era superior. Después de desmontada la llanta empezaba la tarea de extraer los aros del ring hasta que después de un buen tiempo lo lograba y ahí empezaba la rigurosa tarea de despegar el hule del fierro, sacar la cámara que comúnmente llamábamos tubo, el dispositivo de hule y localizar el daño. Se procedía a parcharlo y luego probar la efectividad del procedimiento en un depósito del agua y al no burbujear esa tarea estaba terminada. Luego sacar el aire e ir acomodando el hule dentro de la llanta, luego montarla, atornillarla y listo el trabajo.

De esa manera se fue haciendo Pancho Monroy. A veces había que cambiar las llantas y ponerlas adelante, faena que duraba de las 7 de la mañana a las 5 de la tarde con un lapso de media hora para comer.

Conocí a Pancho hace más de 72 años. Un hombre correcto. Quienes estudiábamos en la secundaria y en la normal hacíamos fila en el cine Juárez porque era quien pagaba las entradas de cinco o seis muchachos que no tenían el recurso. Se miraba una satisfacción en su rostro cuando lo hacía.

Paso a paso, hora tras hora, día tras día cumplió con la consigna divina que dice: ganarás el pan con el sudor de tu frente.

Muchos años después conocí a Nacho, su hijo, involucrado en las tareas de su papá. Corredor de autos con honrosos lugares porque es un don señor del volante.

Hace una semana Pancho se despidió del paisaje sudcaliforniano. Deja una herencia de honradez, dignidad, de ese altruismo silencioso que es el más valioso porque la mano izquierda no sabe lo que hace la mano derecha.

Cuando incursionó en la política Nacho lo quisieron sorprender. Al final de un trienio municipal. Eso le valió demostrar de la pasta que está formado.

Hoy el nombre de Pancho se perpetua a través de una empresa de lavado de carros, venta de neumáticos, refacciones, que centro de visitas cotidianas por ahí, por la Rosales y un hombre de aceptación que no tiene referencias por clases sociales se mantiene en los niveles de una cualidad que le heredó su papá: “la humildad en el trato para tirios y también para troyanos”.

Paulatinamente el destino nos va alcanzando a la generación pero queremos dar constancia que estos hombres en el silencio de sus jornadas, en la capacitación de sus hijos en el trabajo que dignifican, dejan una enseñanza que todos deberíamos de conseguir: la frase de hoy; “Anda Francisco, ve con Dios, ya te estaba esperando”.

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