En la Opinión de Alfredo González


  • Fue hace mucho tiempo, el que escribe tenía 12 años y se encontraba con miembros de la familia González García.

Platicando junto al abrevadero pegados que durante muchos años había estado ahí y que era parte de una cañada de brecha ancha arenosa…

El jefe de la familia de don Valente González recordó la anécdota de un caballo tordillo que había nacido en la sierra y que por diversas causas no había sido posible bajarlo junto con el ganado vacuno catrino y otros potrillos de poco tiempo de nacidos. Así es que el tornillo instintivamente remontaba a la sierra cuando oía el grito de ¡Upia! ¡Upia! ¡Upia! arriando el ganado a las estribaciones del rancho. De esta manera el tordillo casi por espacio de tres años no conoció más que su entorno, libre se convirtió en un cimarrón, en un noble fruto mostrenco indómito.

Pregunto el viejón a uno de sus hijos: ¿te acuerdas Enrique cuando lo atrapamos? El muchacho respondió: “Si apa!”. Continúo dándole de jalones al cigarro de hoja y procedía la plática. Les advertí que le subieran tres líneas más a las trancas del corral. A pesar de ser animal joven podía saltar las trancas, de esa manera podía darle vueltas al corral libremente pero se manifestaba rebelde.

Un día a uno de los muchachos se le ocurrió la peregrina idea de echarle la silla y el resultado fue lo que tenía que ser, lastimaduras, cuanto jinete lo quiso montar lo echo abajo. Llegó González y los reprendió diciendo que les había advertido ese animal tiene que familiarizarse primero. Paso un mes y había momentos en que el animal se apacentaba pero eso era relativo. Era más fuerte el instinto.

Finalmente el viejo tata vio la oportunidad de sacarlo hasta el abrevadero. Seis de los hombres más fuertes del rancho con seis lazos y las patas delanteras maniadas lo bajaron hasta la cañada que tenía una longitud de casi dos kilómetros y medio difícil de transitar por lo arenoso. En esas condiciones el tordillo le fue echado, el bozal hecho de la cola de los caballos que sobresalían unas sernas filosas que molestaban el hocico del animal y una falsa rienda enseguida la silla con los cochinillos repletos de piedras pesadas. González García era un hombre de 1.95 ó 1.97 de altura con un peso aproximado de 98 kilos pero su cuerpo no advertía grasa sino puro nervio. No dejaba de ser una carga pesada y con todo cuidado encajo el estribo izquierdo y lentamente el derecho, amarro las armas de la silla para que causara más peso y entonces dio la orden que soltaran las maneas delanteras del caballo e inmediatamente tata soltó las riendas y el caballo se arrancó cuando tomaba velocidad y tiraba patadas el tata le pegaba un jalón en el bozal, el freno y las falsas riendas hasta dejarle el pescuezo en escuadra. La técnica era cansarlo, no se cuántas idas y vueltas dio pero a los cincuenta minutos su aspecto ya era otro. Poco a poco le fue sobando el cuello y al paso lo llevo hacia donde estaban los muchachos. Quítenme la silla, quítenle todo y suéltenlo.

Acto seguido el mensaje del viejo fue: “a mí no me gusta hacerle daño a los animales pero hay algunos animales de uña, que son una bola de lamidos, roban los dineros del pueblo, otros asesinan, otros balacean niños de tres años, esos de cabeza prieta me gustaría montarlos”. Todos soltaron la carcajada sabiendo a que se refería.

Contaron noticias de lo que le había sucedió a Lucio Cabañas y de alguna forma estaban informado todo.

La frase de hoy: al que no le guste el fuste que lo tire monte a raíz (estimado capturista no le pongas acento a la “i”).

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