En la Opinión de Alfredo González


El futuro

Era el año 2030. Un país con una historia de gloria había caído en el laberinto de gentes que habían sometido la verdad a través de las leyes mordazas, del crimen y de la corrupción. Un hombre de aproximadamente 93 años hastiado decidió irse al aislamiento. No alcanzaba a comprender como hubiera países que permitieran esto. En lugar de seres humanos había ratones y nalgones y prefirió remontarse a un lugar de la sierra que le traían recuerdos de la infancia. Organizo su cabaña y descendientes de sus antepasados se encargaban de proveerlo.

Se hizo de un refrigerador de petróleo, un par de lámparas y un ranchero de las cercanías le organizo una pequeña cocina con hornilla de barro emplastada con ceniza. Una meza rustica con tablas de cartón, unas cajas de plumas y varios bloques de papel en blanco. Desde allí elaboraba sus artículos y un grupo de rancheros hacían una cadena hasta hacerlos llegar a un grupo de jóvenes quienes bautizaron el modesto medio informativo como “El Indomable”. El tiraje lo hacían con un mimeógrafo y en forma clandestina lo iban dejando por debajo de las puertas de 600-700 gentes. O bien, se les entregaba en mano y hacían una aportación modesta porque el pobre siempre ha sido generoso.

Cuando el ocaso iba indicando el final del día hacia su te de canela o hierbabuena y se sentaba debajo de una ramada. Empezó a tomar fuerza aquel panfleto para vergüenza de muchos y por mas que buscaba no encontraban al autor. Semanariamente aparecía en los cafés, en oficinas oficiales y regresaban a veces hasta con 5 mil pesos que se reinvertían en material.

La libertad de pensamiento es algo por lo que se puede dar la vida, expresaba el autor del Quijote de la Mancha. Nacimos libres y gracias a los derechos universales del hombre muchos países la han adoptado en sus leyes aunque muchos sátrapas no la observen. Quizá por eso me encuentro de propia voluntad exiliado entre la breña.

Durante 5 años no se supo de él. Su familia lo había puesto a salvo en un lugar del país. Únicamente tenia el viejo Winchester automático que un viejo querido le había enseñado a manejar y cada cuanto tiempo lo aceitaba y lo probaba. Poco a poco por diversas formas le hicieron llegar granadas de fragmentación y las sembró en hileras a 50 metros de su cabaña.

Puso y al ayudante inmediato lo mando a hacer una especie de prados y hortalizas en un área de 50 metros cuadrados. Estaban ligadas una de otra que estallando una estallarían todas y le tenia prohibido que transitara por ahí.

Desde esa tierra agreste combatió los crímenes de estado, el saqueo al erario federal, de todos los países, a las invasiones extranjeras, aquellos que se acuestan con el diablo y se levantan rezando al padre nuestro. Había ocasiones que al ir con letra manuscrita siendo su medio informativo la emoción y el coraje le asaltaba y sus lágrimas corrían generosas.

Un buen día llego un jinete agitado y le dijo: “ahí vienen”. Le preguntó que, si cuantos eran, no menos de 60. Alguien se descuido y se dice que de un avión de esos que tienen una hélice arriba ubico un lugar y pensó que aquí estaría.

Le contesto que se fuera y que se dispersen los que han estado ayudando. Fue por un aparato digital pues había aprendido a sacarse la presión arterial y cuando la dotación de medicamento se acababa bastaba con hacer caminatas y abstenerse de comer ciertos alimentos. A los 93 años era un hombre fuerte, lucido, leído, y su tristeza mayor seria ya no encontrar a muchos de sus amigos, pero venían las nuevas generaciones.

Se sentó a tomar su café o el te de damiana o de ruda y vio brillar estrellitas doradas, seguramente ganadas con la sangre de los pobres y el hambre de los inocentes. Se sentó cuando de repente vino una explosión en cadena y volaron dieciocho jinetes y desde una ventana de la casucha empezó a disparar como un demente, ahí lo acribillaron, murió con su Winchester atravesado en su brazo izquierdo y la pluma en la mano escribiendo lo que siempre les quiso decir: ¡Hijos de su tiznada madrrrr”.. y ahí se quedó.

Despertó con un sudor frio preguntando que ocurría, todo estaba en silencio, no había nada y decidió mandar unas señales y el ayudante de confianza: le “que paso mi jefe”, bueno, ya me voy a regresar del asilo del que me escape.

¿Dónde andaba don Atenógenes?

-Me fui a una vuelta de varios días

-Siéntese le vamos a servir sus alimentos.

Se sentó, y aquel hombre que había vivido una experiencia en el subconsciente puso un título en un papel en blanco que decía: “!En el cabresto nos vemos!”

Y sus primeras líneas fueron: “ Los pueblos no pueden agonizar bajo el yugo del hambre y las dictaduras”… en el cabresto nos vemos.

Pido a Dios me de tiempo de concluir esto que será una realidad.

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