La bahía Concepción vista por Alexis


Juan Melgar

“Quien la ha visto, no podrá olvidarla ya más” –dice Alexis en su retorcido castellano, sin saber que está más o menos fusilándose un verso de uno de nuestros vates consagrados. Él no se preocupa ni tiene obligación: es un cineasta griego que llegó a la bahía Concepción en el amanecer de un día de mayo de hace veinte años y aquí se estacionó. Se siente y se sienta en estas playas de blancas arenas como en su natal Creta, con las colinas rojizas a su espalda, el calor fuerte y la luz que estalla e incendia las piedras volcánicas. Frente a sus ojos y sólo para impresionarle, el vientecillo riza en lunares la superficie verdeazulenca de las aguas quietas.

Como él, muchos viajeros han caído embrujados por el paisaje de esta bahía impar. Enorme hueco acuático que se ubica en la mitad golfina de la península de Baja California, permaneció casi ignorada por el mundo hasta las últimas décadas del siglo anterior, en que turistas estadounidenses y canadienses llegaron en sus casas rodantes, se estacionaron a unos metros de la última marea y se quedaron a vivir la luz.

El Coyote, Santispac, El Burro, Armenta, El Requesón… nombres eufónicos con que los antiguos rancheros y viajeros bautizaron los recodos, caletas, islotes y empinadas cuestas del difícil camino de cabras que bordea la bahía, son nombres que permanecen todavía en el presente asfaltado y rápido de la transpeninsular.

¿Quién no ha soñado alguna vez que un día de éstos, cuando se pueda, cuando tenga vacaciones, habrá de plantar una tienda de campaña junto al manchón de palmas datileras de El Coyote, para abordar una breve lanchita de remos y bogar de ensenada en cala, de isla en punta, sintiendo a la bahía, gozándola en sus múltiples colores, asomándose a sus fondos abundosos de vida?

Quién como el amigo Alexis, el cineasta que se ha olvidado del Festival de Cannes, de los 24 cuadros por segundo, de la moviola y la claqueta, para anclar sus divagaciones en la taza de café y en el permanecer las tardes encaramado en su vieja silla de lona y bambú, embobado, viendo cómo la luz en la bahía va disminuyendo con el sol que se oculta tras la sierra, para dar paso al reflejo de las estrellas en las quietas aguas de su Concepción.

Quién como él y como los viajeros que pueden detenerse unas horas, unos días, unos lustros, en las blancas arenas de El Requesón para maravillarse con los descubrimientos en cada flujo de marea; para escuchar por las noches el retozón chapaleo de las mantarrayas que saltan, giran y se azotan de espaldas en el líquido plato de sus aguas; para ir dejando pasar las horas, los días, los años en la contemplación de lo que vuela, nada, camina, repta, vive, transcurre o permanece en la más impresionante de cuantas bahías hay en el planeta. Eso, sin exagerar.

Quién como Alexis.

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