En la Opinión de Alfredo González


Viven con una braza en el pecho

En muchas ocasiones el ser humano ya vive con algo que le pega en el pecho y las entrañas. Desde los arreboles de la humanidad el libro sagrado establece siete valores negativos del alma: la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza, etc. Ese aspecto conductual de subestimar el rostro luminoso del ser viviente.

En la historia de la humanidad que proviene desde el libro donde aparecen Abel y Caín se señala al primer homicida de la historia. Seguramente Caín envidiaba algo de Abel y con una quijada de burro ultimó a su hermano. A miles de años de distancia el ser humano vuelve a ser el lobo el logo. El estruendo de los cuetes y las bombas caen sobre hospitales y las vías para salir de aquel infierno en Ucrania son malévolamente bombardeadas por la fuerza aérea rusa. La historia vuelve a repetirse.

Pero no solamente en escenarios bélicos se dan, se dan en gremios, en oficinas, en burocracias que desean solemnidad y aplausos cuando no han logrado avanzar sobre lo que otros dejaron.

Por eso se dice que uno de los pecados capitales es la envidia. Si yo tengo mi carcachita vieja no tengo porque envidiar quien ande rodando un automóvil de 600 mil pesos, si no tengo para más con prepararle la reversa, echarle un chorrito de pintura blanca y tapizarlo lo hare aguantar muchos años. Si un compañero escolar obtiene puros dieces es porque se ha dedicado a estudiar. Entonces no hay porque envidiarlo sino mejor simularlo y poder sino igualarlo acercarse a un honroso segundo lugar.

Cuando la política internacional un país quiere subyugar a otro y emplear la fuerza y la violencia están situados en la escala de la que habla Cicerón de que la fuerza es la razón de las bestias y un país subyugado tarde o temprano luchara por su estado natural que es la libertad.

Se platica de que el Rey Salomón se encontraba impartiendo justicia en su palacio cuando llegaron dos mujeres jaloneando a un niño de brazos alegando su maternidad. Pasaron muchas horas para tomar la decisión y finalmente el sabio Salomón dijo: “en virtud de que no se ponen ustedes de acuerdo y no puedo definir quién es la madre que venga el guardia con un sable y tome a la criatura y la parta en dos”. Se hizo un murmullo en la sala. Una de ellas empezó a brincar como si una alegría la hubiera invadido. Si, que nos de la mitad a las dos. La otra rompió en llanto y dijo: “su majestad, prefiero que le entregue el niño a ella antes de verlo muerto”. Se paró Salomón diciéndole: “entréguenle el niño a la mujer que rompió en llanto antes de ver partido en dos a su hijo” y solamente una verdadera madre hubiera hecho eso. La contraparte moría de envidia porque había sido estéril y no había tenido el dulce sentimiento de ser madre. Y una cosa más, en la obra el padrino, Michael Corleone le decía a su sobrino: “nunca odies a tu enemigo porque subestimas tu inteligencia”.

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