En la Opinión de Alfredo González


¿Por quién doblan las campanas?

Eran tan imponentes sus alas que no soportaba estar en tierra. Hace más de 70 años platicamos con un hombre cuatro años mayor que suscrito, Ramón Negro Silva y yo observamos a un n adolescente güero que a su vez conversaba en la orilla de la playa frente a su hogar que le decían “el gallito Aguilar”, siempre lo recordó con una infinita ternura, deducimos fue el primer amigo de su infancia. Era vecina la familia Ayala Luque de la familia Aguilar.

Dada la amistad en forma incondicional, era el tipo de hombre que no conocía más que por dar afectos y en poco tiempo al integrarse a la entidad se convirtió en el alma de la charla en el café de la Bravo de doña Lupe Camacho. Era muy usual en la expresión cuando Alberto no llegaba a la hora acostumbrada: ¿No ha venido el pato? Solía decirme: vive el día como si fuera el último. Alberto Ayala fue mezcla de mar, aire y tierra, de trabajo rudo y sencillamente un amigo al que se le quiere.

Con el tiempo llegó a hacerse de un avioncito de los llamados FLYER, de esos que se maniobraban con bastón y donde mucho tenía que ver la cadera y los movimientos longitudinales, casi una chatarra lo reconstruyo y con esa pequeña aeronave inicio sus primeros vuelos a lo corto, hizo un curso para pilotos en una escuelita organizada por el Che Avente de donde egresaron pilotos como Eduardo Hannel, Oscar Trasviña, Panchito Ruiz. Julio Morales y con el tiempo el paco llego a volar como copiloto del Che Avente en el transporte llamado Aero carga que cubría la ruta de la Paz, Cedros, Ensenada pero era tanta su inquietud que llego a incorporarse cursos prácticos hasta llegar a los simuladores donde empiezan a evaluar a quienes van a poder volar a los aviones de retro impulso. Lo logro y empezó en vuelos nacionales, en las líneas de Aeroméxico y más tarde ya lo vemos volando en oriente aviones gigantescos y donde actualmente dos de sus hijos se desempeñan como tales.

Se nos fue del paisaje quien hizo de la amistad una hermandad incorruptible, me decía que se sentía completamente en libertad cuando cruzaba los espacios nacionales e internacionales. Alberto de Jesús Ayala Luque no discriminaba a nadie y remataba su reflexión cuando decía de política tan canijos son los pintos como los colorados.

A la hora del café expresaba la atención de todos dirigiéndose con un servidor. Tu papa si la gozo, tu ni a los talones le llegaste al Beto. Y eso me costó una paliza que me aplico mi papa, cuando me pregunto que sí que quería hacer cuando fuera grande, inmediatamente le dije que como el Beto Miranda Beltrán. El castigo se debe a que su tocayo Alberto era enamorado, pendenciero, y buen bohemio.

Siguió la conseja divina de que la mano izquierda no supiera lo que hace la mano derecha, el valor supremo de un acto de caridad lo valora Dios cuando no se publicita y cuando se levantaba a irse al estacionamiento para retirarse se encontraba a un joven discapacitado y con discreción metía la mano a la bolsa y sacaba un billete y con la misma discreción se l colocaba a la altura de sus manos, o bien, iba una persona diariamente a buscarlo y hacia una seña al que estaba atrás del mostrador y le entregaban una taza humeante y sabrosa y una pieza de pan dulce, iba con cargo a la cuenta de Pato, vivió la vida intensamente. De muy joven don Nacho, su padre siendo ingeniero naval, épocas en que un barco de cierto calado tenía que ser conducido por una persona que le decían el práctico, le enseño el oficio, así el pato metía con certeza y seguridad los barcos y los atracaba, practico del puerto. Hasta el último minuto fue el esposo preocupado por la salud de su señora, toda una dama de la familia Montoya. Hoy se ha marchado y quedan las nostalgias y recuerdos, la hojarasca del viento se lleva muchas cosas menos el concepto del recuerdo de que se había convertido en un igual para todos y que nadie se espante, platicaba que cuando un piloto tenía la certeza que un aterrizaje cabía sido conforme al protocolo y esto arrancaba el aplauso del pasaje decía que el sentía que así había sido porque la parte inferior del coxis sentía la seguridad y es lógico, porque el avión en su trayectoria debe levantar la nariz al empilar hacia la pista y las llantas traseras son las primeras que depositan el aparato en tierra.

Unas cuatro horas antes de la media noche que antecedería a la última noche del año fue llamado de emergencia para realizar un vuelo distante y que solamente un hombre como él podía realizar.

Llego al puerto aéreo que se encontraba completamente desierto, gallardo, con su uniforme y con el paso firme que mostraba determinación y se dijo así mismo, ya no necesito el bastón. Iba recordando el viejo avioncito que precisamente lo manejo con un bastón, paso por el sendero de los pilotos y ahí estaba un hermoso 747. Se froto las manos y lentamente saco sus guantes para volar con tranquilidad, sin incidentes. El aparato estaba vacío, entro y sentía una alegría intensa, recordaba a sus padres y hermanos. Recordaba las mañanas él y el Gallito Aguilar, el negro Silva y un servidor que desde siempre nos recordamos amigos. Tomo su puesto de capitán y volteo a la derecha, estaba una persona con el rostro tranquilo y sonriéndole amablemente y escucho decirle: vámonos, Alberto. El pato empezó a mover los instrumentos y se iba a comunicar a la torre de control, el personal le dijo que no había nadie. Debemos irnos. Movió el dispositivo de la mixtura del combustible para hacerlo más rico para el despegue, ahorraría el combustible con el vuelo, solía decir. Hizo el recorrido hasta la cabecera correspondiente, le imprimió la velocidad de a fuerzas las turbina y soltó los frenos, el avión despego sin ningún problema. El pato era tan inquieto que le pregunto que si quien era el personaje le dijo; yo he sido tu brújula que te he conducido con felicidad. Me han dicho, eres tan popular que en una ocasión una delegación de ciudadanos de su país fue a saludar al papa y después de saludar a todos pregunto: ¿y el pato no vino?

Sonrieron los dos y sonrió de pronto atisbaron en un horizonte cercano una inmensa plataforma iluminada con una luz brillante y en un lugar se encontraba don Nacho y doña María Luisa, su hermana del mismo nombre y sus hermanos, sus amigos, como Ángel Cesar Mendoza, Gaspar Espindola, Álvaro González Sotelo y una multitud que se habían adelantado en el viaje. Enfilo la proa del avión y tuvo tiempo para sacar del compartimiento una tarjeta que tenía una leyenda que decía: “la muerte de cualquier hombre me disminuye porque soy parte de la humanidad por eso nunca quieran saber por quién doblan las campanas, están doblando por muchos”.

Saco la pluma e hizo un agregado: “estoy feliz, pronto abrazare a los míos y a quienes me dieron su amistad, y más feliz me siento porque desperté del sueño de la vida”.

Se levantó y el personaje que iba con él le puso la mano en el hombro y le dijo: se te olvida esto”, le entrego un crucifijo.

Esa tarde el crepúsculo y la paz agonizaban y traía entre sus marismas las olas a morir a las blancas arenas, unas figuras infantiles que jamás olvidaran su amistad y afecto. Alberto Ayala, el gallito Hirales, Ramón Silva y un servidor, hasta siempre.

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