En la Opinión de Alfredo González


La conseja oral no tiene fronteras

El día de mañana es aniversario del fallecimiento del general brigadier Félix Ortega Aguilar, el abogado ranchero que una noche de Junio de 1913 convoco a la rancherada de cuera y carabina venadera al rancho de su propiedad situado a 27 kilómetros al sur de La Paz para convocarlos a la lucha contra Victoriano Huerta.

Se dieron los combates a las cacachilas, en la mesa de Caduaño, etc. Rechazadas las fuerzas huertistas asistió a la convención de Aguascalientes donde retorna con el grado de general brigadier y jefe político del distrito sur de la Baja California.

Durante el breve mandato de Ortega Aguilar impulso dos grandes aspectos que lesionaban a los desheredados de la fortuna. En la baja de comercios de productos básicos por sus meros pantalones y además dio impulso a la educación, porque la ignorancia es la madre de todos los males. Sin embargo las bacterias del huertismo agazapado dieron el cuartelazo y tuvo que salir rumbo al estado vecino donde rindió sus armas a don Esteban Cantú. Años después regresó a su rancho amado, Las Playitas de la Concepción.

Surgió la anécdota cuya fuente más valiosa es la conseja oral. Un joven ranchero llamado Fidencio Romero Higuera que a la postre fue mi compadre nos platicó lo siguiente: el hijo mayor del general era José María y un buen día llegaron dos amigos de ranchos circunvecinos para invitarlo al pueblo (La Paz), decidieron a media tarde iniciar la primera jornada de tal suerte que llegaron al camino real más temprano que de costumbre. Antes de que el sol se asomara por el este ya venían a esta ciudad, que logro que llegara a muy buena hora. Nuestro compadre Fidencio cruzo la pierna, dio un jalón al cigarro, carraspeo y continuo, tomaron sus monturas y se dirigieron hasta la parte céntrica del condado y a uno de ellos se le ocurrió aventarse un quien vive (balazo) inmediatamente la guardia llego y los encerraron y el jefe político de esos que hicieron con hiel ordeno que al día siguiente fueran pasados por las armas.

El rumor se expandió, llego a oídos de don Julián Rivera que era un distinguido villista y no tardó mucho en subirse a su carrito que desarrollaba 20 kilómetros por hora, lo que a una velocidad conservadora logro ponerse en las playitas en una hora. Dio parte al general y este tomo lápiz o una pluma y en palabras más palabras menos dijo iracundo de bota y de fusta en términos respetuosos: en atención a los hechos de armas en la que estuvimos involucrados, le pido atentamente libere a los muchachos. Son unos jóvenes, sanciónelos administrativamente pero no los mate. Atentamente firmaba Félix Ortega Aguilar. Hay viene don Julián con el recado. Para esos momentos el militar que estaba aquí ya se había enterado que uno de ellos era hijo de Ortega Aguilar, jamás José María se lo dijo, porque no iba a pecar de delator. La respuesta del señor de horca y cuchillo dígale a ortega que ahí va mi respuesta, cuando leyó, así me dijo Fidencio, exclamo el general: ¡Malrayo lo partan! Porque leyó el párrafo donde decía: “te voy a enviar a tu hijo y a los otros dos los voy a matar”. Entonces toma otra vez otra hoja de papel y escribe unas cuantas letras el general Ortega donde le dice: “Me lo sueltas a los tres o no me sueltes a ninguno”…

Por la tarde del día siguiente los muchachos estaban en las playitas platicando con el general y José María le dijo: ¿Qué le dijiste papa?: que nos soltó a los tres, que me mandara a los tres o a ninguno y que por la tarde le iba a hacer una visita de cortesía. Ya se iban y el general dijo: espérense, a ver, ponte ahí, y le atizo 4 bastonazos a cada uno.

Ojala un sujeto de apellido Lozoya el delator del sexenio no hubiera acudido a ser vulgar delator para salvar el pellejo. Después que termino el relato Fidencio, agarro la guitarra y empezó a cantar despacito.

El 15 de mayo cuando el caso sucedió -salió el cabo fierro para la rivera- por cierto donde quedo- dentro de la escuela tenían los fortines para poder pelear – los puros sombreros de los federales al aire dian volar –fierro despreció el valor californiano- perdieron la vida a manos de Martiniano – Martiniano Núñez, Hilario Pérez y Ortega con Manuel González dieron valor a esta tierra.

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