En la Opinión de Alfredo González


Añoranzas

Era la clásica tarde de otoño. Escuche un fragmento de una vieja melodía: “las distancias separan las ciudades, las ciudades destruyen las costumbres”. Empezó la catarsis con las interrogantes de que ha pasado después de los ochentas. ¿Dónde quedaron aquellos años donde nuestra ciudad podía dormir la siesta? ¿En dónde está el génesis pasado de una vida intensa, de satisfacciones, de aventuras, de pleitos callejeros y de tantos amigos algunos ya marchados?

Añoraba aquellos días metido en líos hasta que mi madre me dijo: te voy mandar a la cárcel por petición familiar.

Llegar a casa con raspones en los pómulos pero con unos supuestos trofeos consistentes en macanas y gorras, de gentes que celosamente cuidaba el orden público y tenían que enfrentar esos desvíos de la juventud donde casi todo el tiempo no éramos los culpables pero es la edad.

Después de dos semanas del incidente que no tuvo mayor resonancia mi madre me dijo que don Alberto Alvarado Aramburo me pedía que fuera a verlo, era delegado de gobierno. Cándidamente fui y me dijo: “quiero que me ayudes a llevar una lista de quienes se portan mal y son menores de 18 años, y agrego: sígueme. Fuimos y había una celda limpia, amplia y me dijo que aquí lo tenían unos días. Pásale, en cuanto entre cerró la puerta y empecé a gritarle:”sácame hijo de la chin” y soltó la carcajada diciendo: “son ordenes de doña Carolina”. Estas por petición familiar. Últimamente han tomado por enfrentar a los agentes de la policía y a miembros del ejército. Se van a meter en un problema. Si en mi estuviera ahorita te soltaba pero ni yo puedo desobedecer las órdenes de tu madre. Quince largos días me tuvieron para valorar lo que es la libertad y comprendí que era un acto eminentemente educativo y no andar con alcahueterías como con muchas madres de familia que hasta esconden a sus hijos.

Todos estos pensamientos me asaltaron. Recordé a mi palomilla: Eduardo “poca luz “Galindo, Oscar Rivera, Carlos Olachea, Oscar Telechea, mi compadre Chato Robinson, de la raza de los barrios bravos del esterito, Alberto León, y otros que se me han ido borrando pero que aún los extraño. Añore aquellas idas al Mogote cuando estuvieran las mareas altas y entrar por un estero a llenar los sacos con pata de mula. Todo eso se acabó. No pensaron en las nuevas generaciones. No más patas de mula. No más regresos cuando el crepúsculo no señalaba la orilla de la playa de la ciudad. Recordé al tío Manuel Sánchez González. Maestro albañil de primera, una mañana del mes de Julio de 1945 caminábamos por la calle artesanos rumbo al muelle fiscal, era de madera. Los arreos de pesca eran dos piolas, un cuchillo montero y unos trozos de lisa, manteaban, o sea, le daba cuerda en el aire de tal suerte que quedara volteada la carnada. A los veinte minutos sienta los mordisqueos de un pez cuando sentía que el jalón era as fuerte el jalaba también, ya teníamos el primer pargo mulato. Acto seguido tomaba la piola gruesa que llevaba y le hacía un amarre en las agallas y la mantenía a media agua para que el pescado llegara fresco, hace un segundo lanzamiento y en menos de media hora tenía otro de la misma especie pero un 50% más grande que el primero, hablamos de un animal de 6 kilogramos. Estaba un bracero en su punto y espero que amainara la fuerza. Puso la parrilla y abierto los animales descamados y desalojados con gotas de limón, pimienta, orégano y laurel nos sonreíamos cada bocado que comíamos. Todo se acabó.

Y repercutía en mis oídos la distancia separan las ciudades, las ciudades destruyen las costumbres. El cuartel pineda se encuentra hoy donde está el mercado madero y a las 21:00 de la noche se oía el toque de silencio y caía la sabana oscura de la noche. Muchas estrellas y la gente dispuesta a descansar en tanto don Firmato Pozo jefe de la policía montada a caballo hacia su rondín por toda la periferia de la ciudad.

Allá se quedaron mis años, en las aulas, en los ejidos, en los periódicos, en la radio, y seguramente muchos me odiaron y otros me quisieron bien pero aquí estoy todavía, pensando que el corazón no envejece, el cuero es el que se arruga y me quede pensando en el Ángelus, la oración de la tarde que va marcando el final del día, cuando de repente me despertó de la reflexión un amigo que conozco hace muchos años y me dijo:

“Profe, cuando se va aventar un tirito con una bola de cabrones que están por ahí”:

Me reí y lo salude con afecto.

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