En la Opinión de Alfredo González


  • Cumplidas las responsabilidades de Mendoza Davis y Jordán Moyron.
  • Aguinaldos y demás prestaciones en tiempo y forma.
  • “El alas mochas”. Adelanto de “El último trecho”.

Un hombre sin sentido de la lealtad política o del servicio y no cumplir su responsabilidad siempre flotara a la inercia.

La intriga de la falta del cumplimiento del trabajo hubieran frenado la entrega de 180.6 millones de pesos a 23 mil trabajadores al servicio del gobierno del estado.

Se destaca la administración en que el ejecutivo estatal y el de finanzas Isidro Jordán no aflojan el paso y esto tiene efecto positivo. Quisimos hacer una combinación de este despacho primero para abundar en el cumplimiento a las prestaciones de sus secciones sindicales e hicimos lo que pudo haber sido una tragedia en un desenlace feliz en el comentario de lo que hemos llamado “el alas mochas”.

Gracias al maestro y licenciado Valentín Castro Burgoin, a Carlos Kennedy ex alumno del que escribe allá por 1966 en la escuela primaria José Gavarain y desde luego con la invaluable colaboración de Bertita Navarro encargada y directiva de la biblioteca “Victorino Martínez Suarez” destacado deportista de su época, no hubiese sido posible el relato que a continuación hacemos:

Una noche, por los rumbos de cerro colorado en el rancho de la “Trinidad” delegación de Santiago y hoy municipalidad de Los Cabos se desato una tormenta terrible. La tenue iluminación de lámparas vio sus moradores una figura femenina que corría entre el ventarrón y las mangas de agua que arrasaban con techumbres, levantaban animales.

Un niño iba prendido a la parte posterior del vestido de la mujer que se tomaba por los cabellos una y otra vez, al parecer había tenido una crisis nerviosa. Era un espectáculo que atemorizaba, que hacia correr torretas de adrenalina en la sangre. Las centellas y los truenos se mezclaban entre colores amarillentos y azulosos macabros.

La mujer gritaba y el niño lloraba a todo pulmón hasta que llegaron a poca distancia donde se advertía un torrente que bajaba con toda su furia. Arrastraba todo lo que se encontraba a su paso, pareciera querer terminar con aquella comarca. El niño no se desprendía de la madre. Llego un momento en que la señora se arrojó al torrente y el niño se quedó con un pedazo de tela del vestido en la mano. Se retiró corriendo de ese lugar que era peligroso.

Lentamente fue amainando el temporal hasta que al día siguiente se habían apacentado las oraciones más no los gritos de dolor.

Un cuerpecito estaba cubierto por hojarasca y con la bendición de Dios y cuando espantado corrió uno de sus dedos se ensarto en un palo dejándole casi amputado esa parte de la mano.

En ese lugar lo encontraron las hermanitas Fiol: Rodolfa, Inés y María.

Lo adoptaron, lo llevaron al rancho que estaba en mesa colorada y allí creció con ellas. Lo enseñaron a montar, el manejo de armas que después siguió para espantar animales de uña y cabeza prieta.

Transcurrió lo inexorable del tiempo y Rodolfa, Inés y María poco a poco fueron cumpliendo con la ley de la existencia.

Arturo Márquez Carpio si es que no capte mal los nombres recibió el nombre del alas mochas por el dedo amputado de un palo filoso. Una tragedia que se convirtió en la identidad que tomaron Arturo y las hermanitas Fiol.

El mensaje es claro: la humildad, la gratitud hicieron posible salvar a un niño y desembocamos en las metas que buscamos la nobleza de las familias sudcalifornianas uno de los sellos de nuestra identidad.

En las épocas de tormenta hay quienes aseguran en una bella utopía y al flachazo de relámpago y el estruendo del rayo se ven cabalgar por esa zona a cuatro jinetes: Rodolfa, Inés, María y el hijo agradecido, el alas mochas que nunca más las dejo y cerro sus ojos para siempre.

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