ABCdario


Por Víctor Octavio García

Mis raíces

  • La gran sequía de 1932

Mi abuelo paterno, Rafael Collins Collins, de quién aprendí a observar en lugar de mirar, escuchar en lugar de oír, lo invocó y recuerdo con mucha gratitud, murió el 9 de mayo de 1998 a los 88 años de edad; pese a que no crecí cerca de él y lo veía eventualmente, aprendí a quererlo, respetarlo y admirarlo, descendiente en cuarta generación de John Collins, fundador junto con su hermano Samuel, del apellido Collins en BCS.

En sus años mozos se dedicó a cuidar ganado tanto en la sierra como en las partes bajas, siempre siguiendo los abrevaderos de agua y pastizales, me platicaba que en 1932 hubo una seca que duro 7 años sin caer una gota de agua que casi acabó con el ganado, bestias y animales salvajes, los últimos dos años los pasó en la sierra, en lo profundo de la sierra, cortando ramas de palo blanco, picando biznagas y cardón para las escasas cabezas de ganado que sobrevivieron a la larga sequía; dos años remontado en la sierra lidiando con el ganado.

Era una tristeza ver en los pequeños charcos de agua que quedaron después de tantos años sin llover que terminaron secándose, carcajes de venados, zorrillos, zorras, palomas, puercos y reses mesteñas muertas en desesperados esfuerzos por encontrar y sacar agua en los humedales; para poder comerse un tomate, chile verde, cebolla, camote, elote o calabaza en medio de la sequía, se la idearon; cortaban cardones y biznagas, sembraban las semillas en medio de la pulpa y la enterraban en la tierra, fue así como “probaban” algo de verduras e incluso frutas como sandias durante la sequía; comían víboras, palomas, chacuacas y puercos mesteños cuando la suerte y las circunstancias obraban a su favor, siendo la base de su alimentación frijoles sancochados (cocidos en agua) y en ocasiones arroz y sopa, cuando juntaban algún queso bajaba de la sierra y los cambiaban en Miraflores por provisiones (comida), cosa que no era muy seguido; gracias a esa dura y amarga prueba aprendió a curtir pieles, capar animales, preparar un tipo de café a base de almendras de caribe, atole de bellotas y de lo poco que la naturaleza generosamente daba.

Años más tarde, muchos años después se dedicó a la agricultura, a la siembra tomate bola que le dio fama a Boca de la Sierra, chile verdes, frijol, maíz, frijol de urimón etc., a la par con la cría de ganado en pequeña escala, sembró aguacates has, de los primeros que sembraron y cosecharon, ciruelos amarillos y limones agrios, tenía una técnica después de observar por años el comportamiento del clima y los ciclos agrícolas que le dio muy buenos resultados; se las arregló para que el ganado pariera en épocas de secas y no de lluvias, así que contaba con leche y hacía queso cuando nadie hacía y los a limones les quitaba el agua tres meses antes de diciembre –los dejaba de regar– hasta que aparentemente se secaban, les ponía el agua día y noche durante tres meses seguido hasta que se forraban de azar sin echar ni una hoja, tenía limones en diciembre cuando nadie tenía y alcanzaba buen precio en el mercado; en el caso del ganado él sostenía que en secas era cuando nadie hacía queso ni nadie ordeñaba y de todos modos había que mantener.

Estando remontado en la sierra, allá por los años de 1930, vivió una experiencia inolvidable que no la platicaba porque nadie le creería y lo tildarían de embustero, me confió que un día salió a buscar un torete que quería vender, un animal mesteño que no sabía de mecate, ensilló una mula vieja que tenía y se llevó un rifle 25.20 que aún conserva Arnulfo, uno de sus hijos, se dirigió a los “sestiadores” donde sabía que lo encontraría, antes de llegar amarró la mula en un mezquite, se apió de la bestia con el mecate en la mano y un cuchillo fajado en la cintura y se dirigió a los “sestiadores” haciendo el menor ruido posible, apenas se había bajado de la mula cuando escuchó un “bufido”, no le dio mucha importancia y siguió en dirección a los “sestiadores”, otra vez volvió a escuchar el “bufido” sin poder identificar qué era, en medida que caminaba lo escuchaba más seguido y más cerca, se regresó por el rife donde había dejado “atrincada” la mula y cuál sería su sorpresa que la mula estaba a punto de reventar el mecate por los jaloneos que pegaba, nerviosa y asustada, agarró el 25.20, le montó cartucho y amarró bien la mula en el mezquite, buscó un lugar donde protegerse y esperar que se acerca el “bufido” que se dirigía hacia donde estaba, conocía todos los gruñidos y bramidos que hacen los animales salvajes desde “liones” (pumas) hasta las zorras, más no el “bufido” que oía, se protegió detrás de una piedra y espero quince minutos, media hora, tres cuartos de hora hasta que escucho una quebradera de palos sin saber qué era, y el “bufido” se escuchaba cada vez más cerca, como el monte estaba seco por la sequía no veía nada más que escuchar el ruido, cuando de pronto, a veinte metros de donde estaba vio una enorme víbora de más de seis metros de largo y cuarta y media de ancho en la parte ancha de la cabeza, con cabeza de víbora y bigotes, le apuntó con el 25.20 pero no le tiró, dice que le dio miedo pensado en que si fallaba se le vendría encima, la observó de lejos hasta que cruzó frente a él y agarró una loma hasta perdérsele de vista, espero un rato y sin llegar a los “sestiaderos” y se regresó, al llegar al “cambiadero” no le platico a nadie, simplemente que no había encontrado el torete.

Gran parte de su vida acostumbró a comer víbora, creía que comiéndola prevenía el cáncer, la comía de diferentes formas, en tacos, azadas, las secaba y tostaba en un comal, las molía y las usaba como sal de mesa o bien las encapsulaba para tomarla, en una ocasión me dio víbora molina que la eche en capsulas para tomarla todos los días, una capsula diaria, a las dos semanas que la estaba tomando comenzó a reventárseme la piel y deje de tomarlas, me dijeron que era muy fuerte, al final murió de cáncer, de sus pláticas y consejos aprendí mucho y sobre todo a valorar las cosas, a darle otro sentido a mi existencia que me han servido enormemente en mis andanzas en el monte y en los ranchos donde hago gala de vastos conocimientos de la forma de vida de tiempos pasados de quienes forjaron lo que hoy somos, de aquellos viejos robles que enfrentaron el desierto, las carencias y limitaciones impuestas por un medio agreste e inhóspito como el nuestro, sacándole ventaja y provecho a nuestra sedienta tierra. ¡Dios los bendiga siempre, descanse en Paz!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a victoroctaviobcs@hotmail.com

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