Del Tintero


EL PORVENIR DE SUDCALIFORNIA

  • Pérdida identidad
  • Mosaicos culturales, ahogan la Sudcaliforniedad
  • A 47 años de Estado, le falta afianzar personalidad cultural

Por: Armando León Lezama

La tierra del desierto domada por generaciones de humanos.

Desde la presencia de los gigantes dibujantes de pinturas rupestres, hasta las comunidades originarias, ya luego, domesticadas por el catolicismo y la conquista española.

Ya después, fuente inagotable de metal dorado.

La tierra del desierto domada por el sufrimiento y padecer de hombres y mujeres cocidos por la inclemencia del sol.

Los más cercanos y primeros en tiempos y derechos, de la llamada zona rural, subsisten entre el sonido de los recuerdos del pasado y los ruidos de la modernidad.

Los urbanos, habitantes de las ciudades, de sus periferias, ahí están, ayer prósperos, ahora desfasados de su presente.

Las ciudades de la Sudcalifornia, se van llenando de humanos venidos de todas partes del país y del mundo.

Parece una isla detenida.

El gran glamur es una realidad de privilegio supremo.

Es la grandeza del poder adquisitivo de los pudientes del planeta.

Los menos y los que mucho, mucho más tienen.

A ellos se entrega lo mejor.

A los miles de miles de trabajadores de todas las edades, condición social, credo, actividades, saberes y desempeños, a esos miles de miles.

Las migajas.

Los paraísos artificiales no son para la gran masa social.

Muchas veces ni para supuestos ricos locales que quedan como míseros ante caudales económicos de muchos ceros.

La población de la media península, desde 1973, a ido dejando la parte del mar.

Se han transformado en habitantes de asfalto.

Las tradiciones, fiestas, fechas históricas van siendo como algo del ayer.

La Baja California Sur, con sus más de ochocientos cincuenta mil habitantes, está ahogada de tantos mosaicos culturales, en su identidad.

Se vive en la añoranza el tiempo de los piratas, los mitos y leyendas, los días de ciudades pequeñas.

Las casas de miles y miles de los trabajadores, son como aulas de encierro: pequeñas y sin mérito para la convivencia familiar y social.

El crecimiento es de anarquía en todas las ciudades, campos agrícolas, ejidos, poblados, en todo.

Nos faltan humanos que se agrupen desde las esferas de poderes públicos y de facto, hasta las comunidades rurales y urbanas, para generar un ánimo de proyección mundial.

No como se hace ahora.

Diminuto y clasista.

Más bien un boom cultural en torno a centros de convenciones, fechas internacionales, gastronomía, creatividad e ingenio.

Tenemos mar y no tenemos más nadadores.

Tenemos cerros y no tenemos más excursionistas, … tenemos oasis y no tenemos guías.

Todo se hace en chiquito y para la foto del día.

Urge conectar a nuestras instituciones educativas, deportivas, de bellas artes, …con la población y trazar un plan o ruta de capacitación a 20 años y de ahí ser permanentes, en la preparación de todo tipo de disciplinas, trabajos, profesiones, atenciones, desde la infancia, en un solo camino: Ser útiles y enganchados a un proyecto cultural: Baja California Sur, es de todos y más de los que vivimos aquí.

Pensar en generar talentos y quehaceres para ir juntos en el progreso y evolución de una entidad joven que llegará a vieja.

Será entonces, cuando la historia lea, qué se hizo en el paso de los años.
Ojalá logremos las bardas más altas del mundo que contengan aguas del mar, lo más posible ante el calentamiento global que habrá de provocar crecimiento en los niveles frente a costas y playas.

El reto es aprender a trascender como lo hicieron los gigantes que pisaron tierra Sudpeninsular, desde Mulegé hasta Los Cabos.

Con una obra no perecedera.

Ellos hicieron pinturas rupestres.

Qué harán los humanos de la hermosa California del Sur, para ser recordados en cientos de años al menos.

Y para bien.

Ahora, se ve borroso el panorama al futuro en decenas de años.

Quizá los pudientes ya ven al Estado 30 de la república mexicana, con grandes edificios en los 30 años por venir.

Otros, esperan el momento para dejar minas vacías tras extraer cuantioso oro.

Por su parte, el océano pacifico, ve a la paradisíaca geografía de arenas, oasis, minerales, naturaleza que cautiva, desierto y atardeceres bellos, como un buen bocado tras un maremoto anunciado por universidades y científicos formales, tarde que temprano.

Ahora, corresponde a las generaciones actuales y las porvenir, lograr sellar una identidad cultural y social, que nos identifique en nuestro planeta.

No aislada, como se hace en estos casi cincuenta años de ser Estado libre y soberano integrante del pacto federal de Estados Unidos Mexicanos.

A poco de festejar las bodas de oro como Estado que entró a su mayoría de edad jurídica, histórica, política y económica en 1975, no hay nada que festejar como población.

Porque el hacer de gobiernos y gobiernitos municipales, es mirando los primeros al cielo y los segundos al suelo.

Y no representan en el hecho a la población.

Solamente hacen uso abusivo de la democracia representativa.

Se suman a ser intrascendentes, legisladores y políticos.

Es entonces, que a 45 años de nueva vida en la llamada patria chica, urgen empezar a realizar grandes cosas.

Dejar de mirar en pequeño y en cercano.

Ser visionarios colectivos.

Que desde el nacer, se guíen a los habitantes, en amor por el lugar donde viven.

Que en el crecer exista una lista de deberes y de quehaceres hasta llegar a la especialidad, creatividad e innovación.

Avancemos juntos como población.

Cierto faltan gente que piense en grande, para bien y para trascender.

Los mejores músicos, los mejores pasteleros, los mejores limpia calzado, los mejores trabajadores, los mejores científicos, los mejores comerciantes y empresarios.

Todos a ser mejores.

Lástima que faltan líderes.

Líderes auténticos.

Pero, es triste que siendo habitantes de lugar tan bello, lo hagamos feo en contaminación.

Ya vendrá el porvenir.

Llegarán 5, 10, 25, 50, 100 y muchos cienes de años, hasta llegar a miles.

Gracias vida por permitirme vivir en la tierra que no pudo domar ni sus soldados ni el mismo Hernán Cortés.

Sembraré un árbol que viva muchos años.

Y amaré ésta tierra, como desde el primer día.

Un día del mes de julio de 1973.

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