ABCdario


Por Víctor Octavio García

Chamán o curandero

En la noche, cuando platico con mi señora después que me comenta lo más importante de los noticieros –ante mi fatal sordera– le digo, fíjate que me voy a meter a chaman o curandero y comienzo hablarle de plantas y “remediajos” que sirven para atajar ciertos padecimientos, y se ríe; cierto, hemos olvidado nuestros orígenes cuando no existía la penicilina se recurría a ramas y “remediajos” con resultados que sin ser excepcionales solían ser efectivos.

En los últimos días he leído bastante literatura sobre el coronavirus y lo más claro que me queda es que todavía no hay nada para su cura; hace unos años, –quizás 25 años– fui testigo de una cura que hasta la fecha me sigue impresionando, no revelaré el nombre del enfermo ni del rancho porque se trata de un caso muy delicado que protejo y guardo en secrecía por respeto; seguido viajaba a ese rancho en ocasiones en busca de un “hijuelachingada” (venado) y más de las veces a tirar “wueba”, en el rancho vivía un señor de “arrimado” que había quedado sin familia y sin rancho después de más de 70 años de vivir en el rancho y del rancho, se encontraba muy flaco con una tos seca que lo dejaba día y noche, un día le lleve aceite de hígado tiburón y medio se compuso pero la tos no lo dejaba, en ocasiones escupía sangre, varias veces lo habían traído con el doctor, con distintos doctores y los diagnósticos no eran nada halagüeños; tuberculosis o como decía Fernando Jordán, “la tísica”, propiamente lo habían desahuciado.

Un día que estaba en el rancho fue expresamente a visitarlo un ranchero amigo de su infancia que sabía del mal y le llevaba manteca de coyote, ese mismo día en la tarde “frio” un poco de manteca –la llevaba como cebo– y la dejo serenándose en un zarzo toda la noche, al día siguiente antes de que tomará café –el enfermo tenía sus platos, vasos, tazas, cama y ropa de cama que solo él usaba en un pequeño cuartito dentro del mismo terreno retirado a quince o veinte metros de la casa del rancho–, recuerdo que fumaba cigarros delicados sin filtro; agarró un plato de peltre, le puso manteca de coyote y lo dejo que se tibiara hasta quedar líquida como el aceite y con una cuchara le comenzó a dar hasta terminarse el plato casi lleno; le explicó paso por paso lo que tenía que hacer para que él o la señora del rancho siguieran con la cura durante varios días, al enfermo ya se le habían formado unas especies de perforaciones en la espalda a la altura de los pulmones, su estado era conmovedor.

Al mes y medio regrese al rancho y cuál sería mi sorpresa que encontré al enfermo totalmente restablecido, repuesto de peso y con buen apetito, las perforaciones que tenía en la espalda se habían cerrado y solo le quedaban unas manchas negruzcas donde tenía las perforaciones en la espaldas, la tos había desaparecido y ya no escupía sangre, poco a poco se estaba reincorporando a la chinga del rancho lidiando con becerros, ordeñando vacas y sacando agua de un pozo artesiano con una rondanilla; la cura sin ser excepcional había sido efectiva, increíble lo que había hecho la manteca de coyote en una persona que había sido desahuciada por doctores y la ciencia médica.

Años después murió no de tuberculosis sino de males inherentes a su edad, tengo entendido que murió a los 79 años prácticamente sin hacer cama, producto de un infarto cardiaco; sus últimos años los vivió feliz, totalmente repuesto del mal –tuberculosis– que lo aquejaban y lo habían vuelto inactivo y dependiente a lo largo de más de cuatro años; aprendí como lección de vida que la manteca de coyote cura la tuberculosis y los pasos que hay que dar –como si se tratara de un rito– para suministrar las raciones del “remediajo” a quien padece tan terrible enfermedad, y así he aprendido cómo nuestra flora tiene un enorme potencial para curar o atajar diversos males y enfermedades, crónicas e incluso degenerativas, lástima que no tenga tiempo para estudiar desde una perspectiva médica, botánica y de laboratorio los diversos usos que se les puede dar; conocí a la señora María León, de Todos Santos, que conocía perfectamente las reacciones y usos de diversas plantas para atajar problemas de salud, aunque ella no estudió sino era un don de nacencia muy característico que se da en uno entre un millón de personas, es decir, los chamanes o brujos no se hacen nacen, así de sencillo. ¡Échense ese trompo a la uña!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríase a victoroctavioBCS@hotmail.com

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