ABCdario


Por Víctor Octavio García

Canícula

* Ensolado

En agosto de 2014, en plena canícula, sufrí un golpe de calor que perdí por buen rato el sentido de orientación; seguido viajaba al rancho el “Aguajito” del Prieto Sosa llevándole despensas y agua para tomar; en tiempos de estiaje se seca el pozo y quedan sin agua; ver un rancho sin agua es dramático y más dramático es ver como muere el ganado de sed; tienen una especie de “batequi” (más que pozo) que surte de agua al rancho que se filtra de las primeras estribaciones (cerros y cañones) de la sierra de La Giganta; en época de buenas lluvias tienen garantizada el agua, pero en secas es otra cosa.

Infinidad de veces fue testigo, en época de secas, ver morir ganado de sed; ganado que se la pasaba día y noche fuera de los corrales esperando tomar agua; en la noche, en esas noches estrelladas que no corre nada de aire, solo se escuchaba el bramido de las reses, un bramido triste, desgarrador, clamando agua; el pozo o “batequi” apenas juntaba cien litros de agua cada tres días, imagínense para darle agua a más de cuarenta vientres sedientos sin incluir el becerraje y un par de caballos; cada tres días cuando el espejo de agua del pozo lo permitía, bombeaban agua —no más de cien litros– tomaban agua cinco o seis reses y la que tomó, tomó, el resto a esperar hasta que juntara agua el pozo.

Recuerdo haber llegado al rancho un martes en la tarde, llevaba el plan de caminar al día siguiente por la zona del cerro de “Carlos” –así se le conoce en recuerdo al profesor, Carlos Gajón de la Toba, que era la zona donde cazaba– y la parte alta del cañón de las “Tarabillas”, y más que cazar como un ejercicio de sobrevivencia; llevaba cuatro kilos de tripas de leche y verdura y le pedí al “Prieto” que las fuera cociendo, que saldría a caminar en cuanto tomara café, ya para el regreso, a eso de la una o dos de las tarde, entrarle a las tripas de leche con tortillas de maíz recién salidas del comal, acompañada de salsa preparada en el molcajete y verduras; me avituallé con un bote de coca cola de dos litros con agua, un mecate liado en la cintura, cuchillo, dos naranjas, cigarros y la 30/30 de grano libre con tres cartuchos útiles en la recámara y cinco en la bolsa del pantalón y ¡Fierros!

Llegar a la zona donde caminaría siempre queda retirada del rancho, más o menos 7 kilómetros, así que me monte en el “andariego” –pick up–; mañana calma, calurosa, despejada, con el solo cayendo como plomo; deje el pick up en la orilla de la brecha, corte cartucho y le puse seguro a la 30/30, y a caminar; cuando llegue a la parte plana que da con el cerro de “Carlos” vi “juellas” de un venadito chico, tal vez de horqueta, y me entusiasme y comencé a seguirlo husmeando en las sombras de uñas de gato, cardones grandes y cañadas; pase el cerro de “Carlos” donde varias veces he estado de mampuesto sin darme cuenta, en la medida que iba dándole vueltas al cerro de “Carlos” iba descolgando hacia el cañón hasta que “caí” en la parte plana donde hay mucho palo blancal y pitahayas dulces; camine buen rato en la parte plana después que se me perdió la “juella” del venadito sin ver nada, salvo una manada de burros mesteños y ganado, a partir der allí comenzaron los malditos calambres y arreciar la sed; me terminé el agua, me comí las naranjas y la sed no se me quitaba; me agradaba estar en el sol, sentía frío, vomite y atarante; me protegí en la sombra del único palo blanco con follaje que había en varios kilómetros a la redonda, y perdí la orientación y el sentido sin saber dónde estaba y qué estaba haciendo; sensación que nunca había sentido, al principio sentí mucha hambre y ya después no, a cada rato me daban escalofríos, vómitos y comenzaba a temblar sin darme cuenta; no sé por cuánto tiempo estuve sentado e incluso dormido en la sombra del palo blanco hasta que comencé a recobrar el conocimiento lentamente emprendí el regreso hacia donde había dejado el carro, ni idea donde la había dejado el carro no donde estaba, comencé a caminar como sonámbulo; al subir una cañada ligeramente empinada vi el reflejo del sol en el vidrio delantero del pick up y seguí caminando más por intuición que por certeza en dirección donde suponía que estaba el carro –el reflejo del sol en el vidrio solo lo vi en dos ocasiones– hasta que encumbre el cerro de “Carlos” sin orientarme todavía bien a bien, corte un atajo –sin saber y sin querer– hasta que salí a la brecha de la “antena”, y fue allí, después de titubear un rato, me oriente hasta llegar donde había dejado el carro.

Recuerdo que había fumado poco y con la sed me repugnaba el cigarro, lo que quería era tomar agua, agua y más agua; encendí el carro y ¡Fierros! pal rancho, sentía mucha debilidad, sin fuerzas, medio atarantado, nada de hambre pero eso sí mucha sed; llegué al rancho “pardeando” y de entrada me preguntó el “Prieto”, ¿qué te pasó, te perdiste? y sin responderle le pedí un vaso de agua fría; seguramente por las condiciones como llegue –todo madreado– se dio cuenta que iba “ensolado” –así le dicen ellos–; me pidió que no tomara agua, que iba a colar café, que por ningún motivo tomara agua y menos agua fría; coló café y me sirvió una taza de café bien cargado sin azúcar y sin leche, “tómatelo así”, casi me ordenó; le doy los primeros sorbos a la taza de café y comienzo a sudar como loco, siento como que me desvanezco, pero la sed no se me quita; me alcanza las pastillas que tomó y me dice, espera un rato más para que tomes agua, agua al tiempo no fría y poquita, poco a poquito me recalca; ese día no comí, salvo unos pedazos de tortillas de harina con queso oreado; para esto me pidió que no me regresara a La Paz, vete hasta mañana, no vaya hacer que te pase algo en el camino, me dijo, y seguí su consejo, me quede otra noche en el rancho; como a las nueve de la noche prepara un “caldillo”; caldo de carne seca –cecina– con arroz, papas y cilantro verde que es lo que como-ceno, eso sí tomó algo de agua pero en pequeños sorbos y racionada; esa noche duermo plácidamente, de las cuatro o cinco veces que me levanto a orinar en la noche, me levante una vez; al día siguiente, después de desayunar machaca de res, tortillas de harina recién hechas, fríjol refrito, queso y café, retornó a esta ciudad todavía “tembeleque” en medio de un calor de los mil demonios. ¡Qué tal!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a victoroctaviobcs@hotmail.com

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