EL HUANACAXTLE DE MI TATA CUATE


Por Domingo Valentín Castro Burgoin*

Un afortunado y casi centenario árbol localizado en un emblemático lugar del ahora centro histórico de San José del Cabo sigue, como en sus años mozos, viendo pasar el tiempo.

Es un huanacaxtle, de la especie de los ahuehuetes mexicanos, científicamente conocido como enterolobium cyclocarpum de cerca de quince metros de altura, cuya sombra se disemina en una área de unos cuarenta metros cuadrados, rodeado de sus algunos pequeños hijos, muchos de ellos que no alcanzarán su altura, muy cerca de otros árboles, un tamarindo, un zapote y unos naranjos, a los que ha visto crecer.

Es de la misma familia de huanacaxtles que se encuentran en lo que fueron los corrales de Almacenes Goncanseco, de la calle grande, en el Boulevard Mijares, enfrente del Palacio Municipal, y de los que se encuentran majestuosos en la calzada principal del pueblo de Santiago de Los Coras. Pero aquellos, sus parientes de Santiago, cuentan otra historia, porque en su juventud, fueron numerosas las veces que vieron pasar al gobernador del Territorio Sur, de 1941 a 1945, el general Francisco J. Múgica, en sus constantes visitas a Las Milpillas, El Chorro y Agua Caliente, visitando a sus amigos y acudiendo a cazar palomas de alas blancas.

Él ahí está: vetusto; agrietado su tronco que sostiene varios de sus largos brazos, como los de un gigante de cuentos infantiles, que hace cuatro o cinco décadas conocieron la frondosidad de sus ramas, mientras que sus anillos leñosos que cubren su grueso tronco animan los recuerdos de sus años de niñez y juventud, que por él pasaron desde el siglo veinte.

El huanacaxtle compartió su niñez y juventud con una numerosa familia desde el siglo pasado, los Carballo Valle, con los hijos varones de Doña Dominga y Don Ramón, quienes lo sembraron allá en el terreno donde criaron a sus hijos en una casita de la que queda solo el recuerdo, en la que fue una zona de calles apenas trazadas, característica de principios del siglo XIX, cuando el pintoresco lugar era tan solo un caserío. En aquel otrora pueblecito cuya mayor relevancia estuvo en las deslumbrantes y blanquecinas torres de su casi tricentenaria Misión de San José, entre las idas y las bajadas de reducidas cuchillas, entre colinas circundantes y las huertas de mangos y otros frutales, humedecidas por un arroyo y brotes de aguas que, tercamente, insisten en desembocar en lo que fue hasta hace unos treinta años un orgulloso estero rodeado de palmares y carrizales endémicos; el mismo vertedero de aguas dulces que por muchos años abasteció a la Nao de China y uno que otro barco pirata que se acercaba a las costas cabeñas de sudcalifornia en busca de pertrechos para seguir sus rutas.

Tantos años de vivir, de arraigo, le han permitido al huanacaxtle de nuestros recuerdos infantiles, aún presentes en nuestra madurez, distinguir los cambios de un paisaje que pasó de rural a urbano; paisaje matizado por los usos de materiales que la naturaleza otorgaba gratuitamente a los pobladores y que utilizaban para la construcción de las casas de nuestros abuelos, las casas de su juventud, de paredes de carrizo, techo de palma y pisos de tierras húmedas y aplanadas con las naturales pisadas de sus moradores, y por el constante riego a que fue sometido el suelo para evitar el polvo; cambios también perceptibles de una sociedad acostumbrada al sosiego, a la cotidianeidad, a la sencillez de una familia nuclear, horizontal, donde no se sabía ciertamente donde terminaba nuestra casa y empezaba la de nuestros abuelos o la de nuestros tíos, incluso hasta la del vecino; Así estábamos acostumbrados a una relación muy estrecha entre hermanos-primos-tíos-abuelos-nietos, con los integrantes de una familia en constante crecimiento desafiando el control de la natalidad; cambios de homogéneo a lo heterogéneo de nuevos usos, de modismos y barbarismos extranjerizantes que ahora parecen hablarnos de otro país o de otra época, de otras circunstancias tan ajenas al pasado reciente de este pueblo que tuvo la suerte o la desgracia, según se vea, de recibir el impulso de la inversión pública y de capitales privados en el turismo y los negocios inmobiliarios a partir de los años setenta del siglo pasado.

El huanacaxtle fue, perennidad y remanso –y lo sigue siendo- como sus hospitalarios dueños originarios, y como los actuales, mi tío Cano Carballo y mi madrina Chata; sirvió de sombra y de abrigo a muchos de nosotros, a cuya sombra y cobijo, tantas veces, nos reunimos tíos, primos, hermanos y sus vástagos para deleitar una caliente taza de café y un par de empanadas hechas en casa, o para comernos un cocido de huesos secos; para jugar lotería y pirinola cuando niños, malilla y “paco” cuando adolescentes. Y qué decir de uno que otro jinete, como Don José Ojeda, que llegaba de algún rancho cercano en visita familiar, y dejaba el caballo atado a su tronco, después de bajar de los cojinillos queso, leche fresca y carne seca.

Nuestro árbol también fue testigo y coadyuvante en la humanitaria hospitalidad que durante varios años mis tíos dieron a Don Matías L. Galindo, fallecido a mediados de la década de los años setenta del pasado siglo, de poco más de cien años de edad, y quien si viviera tendría similar edad a la del árbol legendario; y contaría, tal vez, las mismas historias del San José que ya se fue de nuestras manos, pero no de nuestros recuerdos.

La esquina que hacen las calles de Vicente Guerrero y Mauricio Castro, que recuerdan a nuestros héroes, uno nacional, otro local, hacen esquina a escasos veinte o treinta metros, donde las raíces de nuestro centenario árbol se agarran tan fuerte como pueden a la tierra que le vio nacer, y desde hace mucho le ve crecer, y que le permite seguir dando sombra a sus nuevos moradores, los descendientes en tercera y cuarta generación de aquellos que una y otra vez regaron su infancia de árbol que desde entonces prometía mucho, y con su portento arbóreo lo ha cumplido; porque sigue ahí, pues su quietud apenas le permite al viento de la tarde mover sus pequeñas hojas que contrastan con su gigantesco tamaño.

Es posible que algún día el huanacaxtle rompa el silencio y nos quiera contar su historia: la que él vio, no la que nosotros le endilgamos nostálgicamente, cuando más de una docena de niños, primero en los años cuarenta, luego en los sesenta, en los setenta y en los ochenta, se arriesgaban a trepar por su tronco, para esconderse jugando a los encantados y a los bandidos, mientras Tata Cuate y su esposa Martina, mi Tío Cano y mi Madrina Chata echaban al viento sus gritos de preocupación. Es también posible que el huanacaxtle nos quiera contar la historia de los adolescentes de aquellos tiempos, vecinos de Villa Chica, a quienes poco les importaba el polvo de la calle que se mezclaba con el sudor de sus cuerpos agitados por el trajinar en pos de una roída pelota de futbol, donde los niños de entonces, ricos y pobres, sin más diferencias, poníamos las reglas de un juego que rebasaba los límites de las clases sociales; todo eso mientras a nosotros como chamacos pueblerinos nos llegaba la madurez que puso ante nosotros caminos distintos para vivir la vida.

Para nosotros el huanacaxtle es, quizás, un viejo árbol, apacible y sereno, como la historia personal de nuestros viejos que vivieron bajo su sombra, sin más techo que las palmas entrelazadas, sin más ambición que la tranquilidad y la paz del espíritu, fortalecidos por su fe y su religiosidad. Tal vez estemos equivocados; pero el huanacaxtle sigue ahí, sintiéndose joven, en el mismo lugar, inamovible, esperando que otros niños, ya no los mismos, jueguen bajo su sombra, correteen y se escondan, salten y griten, lloren, hablen y también construyan sus recuerdos, cuando les llegue su tiempo, como a nosotros nos llegó siendo hijos de una generación distinta.

San José de los años cincuentas del siglo pasado.

Jesús Carballo “Tata Cuate”, vio crecer al huanacaxtle, hasta su fallecimiento el 21 de febrero de 1999.

Don José Carballo “Cano”, actualmente de 91 años de edad, y su finado hermano Fernando Carballo “Pache”, vivieron bajo la sombra de este huanacaxtle.

El huanacaxtle, hoy (2016): centenario y vigoroso.

*Este artículo forma parte del libro Nuestra Tierra. Nuestra Gente, editado recientememte por el Archivo Histórico del gobierno del Estado “Pablo L. Martínez”.

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