Del Tintero


AMOR A LA VIDA… COMPROMISO PÚBLICO ANTE MI MADRE

Por: Armando León Lezama

A mi madre, la señora tierna y noble que me trajo a éste mundo: Doña Avelina Lezama Barrera.

Madre mía. Desde donde estés, espero que a la velocidad de la luz, recibas un día, la voz de mis palabras.

Tú, que ahora vez el universo inmenso desde las estrellas y cometas.

Te amo. Te recuerdo. Te extraño.

Sé, te gustaban mis palabras y no supe decir ninguna en tu partida, más que perdón.

Me diste la vida, me dejaste ser yo mismo.

Confiaste en mí. Lo sentí en tu actitud, porque nunca me prohibiste caminar por la vida desde mi niñez.

Más bien, me admiraste, me cuidaste, me diste ejemplo de ser de las mejores madres.

Por ti soy honesto, por ti me gusta el trabajo, porque descubrí que vivir en la holganza, no es bueno.

Tú me impulsaste con tus silencios, con esa sabiduría milenaria venida de generaciones y generaciones a tras de tu vida.

Tus palabras son poesía. Aunque ahora no las escucho. Pero bien las recuerdo.

Poesía de la vida; no en verso; sí en prosa.

Por ti me hice un andariego de bien. Entonces, desde niño, el trabajo ha sido un pasatiempo, un motivo para vivir, para aprender a conocer a los espíritus con cuerpo, llamados, humanos.

Y digo por ti, porque como he dicho, me dejaste andar más allá de las paredes y patio, de las casas de tu historia.

Me heredaste, seguridad en mí mismo.

Ahora, en mis más de cinco décadas de vida. En tu segundo año del adiós para siempre.

Madre, te digo. Las ciudades del presente no fueron fundadas para lograr la armonía espiritual, social, nacional, continental y mundialmente de los humanos.

La gente se miente, traiciona y roba. Los más viven en la ociosidad, simulación, individualismo, y no ven más allá de su drama.

Entonces, vamos en nuestra burbuja, unos separados de los otros, como si fuéramos mundos distintos, dejando que los gobiernos que no gobiernan para bien ni para mal; simplemente no gobiernan, se hagan viles, falsos, temporales, intrascendentes.

¡Cuanto, engaño hay!

Me siento triste, a orilla de un precipicio, donde está cayendo nuestra historia de mi ciudad, la ciudad de todos, llamada La Paz, que va perdiendo su zeta, para sonar a golpe: ¡Pas!, ¡Pas!, ¡Pas!

Lo que pudiera ser un lugar modelo en limpieza y belleza, es un lugar abandonado, sin lustre, sin color, llena de suciedad.

Una ciudad que va creciendo, amenazando ser una ciudad más del montón: La población en mayoría tratada sin justicia social, ni familiar, ni individual.

Solamente los espíritus libres, vemos la calamidad de una ciudad y sus habitantes; contrario a lo que pregonan los administradores del dinero del pueblo.

Y te cuento, que la tristeza aumenta, cuando quienes nos decimos periodistas, vivimos para el ego, el estómago y la frivolidad; cuando bien pudiéramos ser elementos de contrapeso y mediación entre habitantes y autoridad o legisladores; pero no es así.

Cada quien jala para su molino.

Cada quien va por su camino. Y ¡qué bueno! que así sea; pero que malo que sea con tanta indiferencia.

Madre mía, te invoco para que des luz a mi vida; para no ser solamente yo mismo, sino yo con los demás.

Me acompaña tu sonrisa y esa alegría interminable que nunca te abandonó, aun en la tristeza, la calamidad, la soledad, la adversidad, y en todo momento.

Nunca te vi enojada por nada y con nadie.

Hoy espero, quiero y anhelo, volver a nacer y ser nuevamente tu hijo.

Quiero empezar cada día, a sentir que me miras y me dejas nuevamente libre, para ser yo mismo, y en ese andar de cada hora, aprender a ser mejor, para agradarte, para enorgullecerte, para que me ames como siempre me has amado, en el planeta tierra y donde estés ahora, madre mía.

El perdón, es y fue, porque siempre se puede ser mejor con una madre, en vida y en muerte.

Antes, me faltó darte más tiempo, me faltó llevarte música, me faltó llevarte flores; pero ahora ofrendo lo que me resta de vida en dedicarte mi vida misma.

No solamente por la vida misma que tú me diste; mejor por darte orgullo, alegría, pensando que te de honor, amor y felicidad.

Madre, sola hay una. Y tú fuiste la mía. Gracias.

Me heredaste tu amor a la vida. Gracias.

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