ABCdario


Por Víctor Octavio García

¡Qué tiempos aquellos!

* Noche en Toris

En memoria de Manuel Romero; amigo excepcional

En junio de 1985, si mal no recuerdo, me invitó Manuel Romero (QPD) a pasar unos días en Toris; acababan de terminar el camino de terracería que une el corredor San Evaristo-La Soledad-La Purificación-Las Animas, San Pedro de La Presa-El Toris-Los Llanos de Kakiwui-Las Pocitas. Aunque había recorrido la zona un par de veces, aún no distinguía muy bien donde se ubicaba cada rancho, excepto el Toris donde vivía mi amigo Manuel Romero, San Pedro de La Presa, la tierra de Fidencio Romero y Los Llanos de Kakiwui, de Porfirio Amador.

En ese entonces tenía una Blazer Chevrolet –de las cuadradas– modelo 74 bien equipada; llantas nuevas y buena suspensión, así que me preparé para el periplo con unos chamorros y corvas para preparar un cocido para el día siguiente de mí llegada –la verdura la compraría en Las Pocitas–; dos pulpas de mantarraya seca, harina, manteca, café, azúcar, pan y dos litros de tequila Sauza y ¡Fierros! pal Toris; a las siete de la mañana salí, solo, con un rifle .22 Remington recostado en el asiento delantero. En Las Pocitas compre dos paquetes de cigarros, uno para mí y otro para Manuel y verdura; calabazas de casco duro, ejotes, camotes, zanahorias, elotes, chiles verdes y repollo, allá había cebollas, tomates, cilantro y ajos; arribé al Toris pasadas las 11 de la mañana, que coincidí con la llegada de Manuel que venía de Las Ánimas con un chivo arriba de la caja del pick up; en la cocina, de inmediato se pusieron a colar café, mientras Manuel bajaba el chivo y lo “atrincaba” en el tronco de un uña de gato.

Sobre el amplio corredor de techo de palma y carrizo, en una esquina del corredor una tinaja empotrada en un horcón de un uña gato, un par de poltronas con asiento tejido con palma y una mesa de madera rústica con un mantel a cuadros; la cocina con grandes hornillas a un lado de la casa con un extenso terreno y un par de árboles frutales, entre ellos limones agrios y plátanos criollos; eso sí muchas gallinas habadas, cócoras y coloradas y, detrás de la casa, los corrales del ganado y un par de cochis en un chiquero, el típico rancho sudcaliforniano. Después de tomar café, Manuel se dispuso a “degollar” el chivo; lo amarró de las patas y lo colgó sobre una viga del corredor; le ayude a tumbarle el cuero y destazarlo, mientras las mujeres esperaban los costillales y un cuarto delantero para quebrarlos, echarlos en una olla para ponerlos a cocer con ajo, cebolla y chiles verdes. ¡Ah pero qué historia del chivo!; según me comentó Manuel, entre sorbos de café raspando a una costilla frita, que el chivo, meses atrás se le había perdido en la sierra y poco después apareció con otro rebaño de chivas en Las Animas, le pidió a un sobrino que vivía en Las Animas que lo “capara”, que después iría por él, ya sea para venderlo comérselo; precioso ejemplar, carnudo y sin apestar.

Ese día comimos chivo frito en manteca con ajo y orégano, arroz, salsa y tortillas; día agradable, ni frío ni calor; en la noche decidí dormir en el corredor en una cama de lías, al día siguiente acompañaría a Manuel y un compadre de Manuel para Los Llanos de Kakiwui, a una zona que le llaman “El Choyal”, a recoger unos postes y leña de palo fierro, “te llevas el .22, me dijo, hay muchas liebres allá”; después de tomar café agarramos camino, recuerdo que Manuel tenía un pick up Ford, color verde olivo con redilas de madera, modelo 72; pasamos por Los Llanos de Kakiwui donde saludamos a Porfirio Amador y a sus hermanos antes de tomar la brecha para el “Choyal”; una zona preciosa, tres llanos entre medio de cerros poblados de palo fierro, dan la impresión como si fueran campos de golf, un pequeño corral y una poza de agua dulce donde se reproduce el cauque; mientras Manuel y su compadre subían la leña y los postes, agarre el .22 y me fui a caminar, no tardé en agarrar dos liebres y en caliente les tumbe el cuero y le saqué los dentros. No camine ni la hora y me regrese con las liebres, tiempo en que Manuel y su compadre habían subido los postes y la leña a la caja del pick up; nos dirigimos a los corrales y después a la poza de agua dulce para ver qué tanta agua tenía y nos regresamos pa’ Toris, donde nos esperaban con un rico desayuno; machaca de res con papas, frijoles refritos, queso de chiva, tortillas de harina y café. Llegando bajamos los postes y la leña antes de desayunar, para esto ya tenían los chamorros y las corvas en la lumbre.

Manuel no era mu dado andar en el monte, lo hacía solo cuando había necesidad de buscar algún animal, sino no. Me platicó, que dos días de que llegará, vio “Juellas” de un “lión” (puma) cerca del rancho, traía pérdidas varias chivas y un par de becerros. No le di mucha importancia e incluso hasta lo tomé de vacilada, Manuel era muy alburero y vacilador, pensé que me lo había dicho para que me diera miedo en la noche, ya le había dicho que dormiría en el corredor. Esa noche estuvo tranquila, salvo el arrullo canto de los grillos y los gallos en la madrugada; descanse plácidamente pensando en la mortalidad del cangrejo.

Al tercer día, me ofrecí de llevar a Manuel y a su señora para Las Ánimas, habían mando curtir unas vaquetas y baquetillas, así como “templar” unos cuchillos de muelle y estribos que le habían encargado de La Paz; allí en Las Ánimas conocí a unos Collins, seguramente parientes míos, que trabajan la talabartería y curten pieles; en el arroyo, entre los tepetates, las pozas de agua donde curten las pieles. En ese tiempo no me daba por tomar fotos, salvo registrar en mi disco duro (cabeza) lo que veía y me llamaba la atención. Nos entretuvimos en Las Ánimas más de la cuenta curioseando cuchillos y ver como los “templaban” en la fragua, así como la forma de “descarnar” la vaqueta muy distinto cómo lo hacía mi tío Loreto “Loro” García, en Caduaño. El regreso al Toris se hizo tarde, llegamos pasadas las 5 de la tarde, todavía nadie había almorzado esperando que llegáramos; sobre las hornillas la olla con el cocido con una nata de cilandro verde arriba y un sartén con arroz, de inmediato se pusieron a destender tortillas de maíz en el comal y preparar limonada; en Las Ánimas había comprado un bote de dulce de toronja que ni mandado hacer para el postre; esa noche jugamos malilla hasta cerca de media noche, otro día, tenía planeado mi regreso a La Paz.

Después de jugar varios chicos nos acostamos; noche de mucha luna y estrellada, corriendo viento agradable que salía de los cañones de la sierra de La Giganta. En la madrugada, se escucharon tres bramidos de res esparcidos, muy raros que pusieron nervioso al ganado en el corral y provocaron que los perros “ahuyaran”; Manuel se levantó con un foco de mano y me dijo, “es el “lión” que le “cayó” a una res”; ya no se escucharon más bramidos y todo quedo tenso y en silencio. Al día siguiente Manuel me pidió que lo acompañara; ensilló dos bestias (caballos) y tomamos rumbo hacía donde se habían escuchado los “bramidos”; Manuel, desde arriba del caballo, husmeaba cada “juela” con la que se topaba sin dejar de voltear pa’ los lados; subimos por una ladera un poco pedregosa y empinada hasta llegar a la cima del cerro, una parte plana con escaso monte; cabalgamos por espacio de tres horas hasta que Manuel se topó con sangre y una trilla donde habían jalado algo pal monte; nos “apíamos” y amaramos los caballos en un mezquite para internarnos entre el monte, yo con el .22 en la mano con diez tiros útiles en el cargador; no tardamos mucho de encontrar un becerro, dosañero, escondido en el tronco de una pitahaya, tapado con basura y sin los ”dentros”; “qué te dije Octavio, me dice Manuel, es el pinche Lión”; subimos el becerro en las “ancas” de su caballo para traerlo pal rancho, según Manuel aún no se echaba a perder y lo aprovecharía para hacer machaca.

Antes de anunciar mi salida le ayude a destazar el becerro y salar el cuero; ya era tarde cuando nos pusieron la mesa; chivo frito, machaca de liebre, arroz, tortillas de harina y café; tenía pensado regresarme temprano para saludar de paso a Lucio Alvares y a don Vicente Amador en Las Pocitas, pero se me hizo tarde, salí de Toris cerca de las seis de la tarde, pasando por Las Pocitas después de las 9 de la noche, así que me vine de un jalón; dos noches y tres días en Toris, conviviendo con mi amigo Manuel Romero y su bonita familia, tras una experiencia irrepetible. ¡Qué tiempos aquellos!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com

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