ABCdario


Por Víctor Octavio García

¡Qué tiempos aquellos!

* De arriero a tejedor de riendas

En memoria de mi bisabuelo Ildefonso García Torres; descanse en paz.

En 1963, murió mi bisabuelo, Ildefonso García Torres, a la edad de 93 años; murió como todos lo de su estirpe, trabajando; la vida, la difícil vida que le tocó vivir lo llevó a desempeñar múltiples oficios; arriero, huertero, talabartero, cuidador de ranchos, agricultor, leñador, mandadero, tejedor y curtidor de pieles, entre otros. La reseña que compartiré la conocí a través de la tradición oral trasmitida y contada por mi familia, de generación en generación y de boca en boca, de él guardo vagos recuerdos.

Casado con Enedina Cota Cota –mi bisabuela–, natural de Todos Santos, quien le sobrevivió 16 años a su muerte, fue una de mis fuentes que nutrieron el relato que hoy les comparto; Su noviazgo, a principios de 1900, producto de su chamba como arriero, lo llevaban a cruzar constantemente la sierra de Caduaño a Todos Santos para encontrarse con su “Dulcinea” todos los fines de semana; como arriero conocía cada recoveco de la sierra, sabía los riesgos que corría y a lo que se exponía; en una de sus tantas visitas a mi bisabuela a Todos Santos, cuál enamorado, de regreso a Caduaño, cruzando la sierra en las primeras horas de la noche escuchó un extraño “llorido” y no dudó que se trataba de un “lión” (puma) que lo venía siguiendo; no traía foco ni nada con que “alumbrarse”, guiándose únicamente por su sentido de orientación, apoyado con grueso brazo de palo zorrillo y un cuchillo fajado en la espalda; preparó un “achón” de pitahaya seca para “alumbrarse y siguió caminando sin detenerse.

En la madrugada, ya al descolgar la sierra y caer en la parte plana (mesa) donde se asienta Caduaño, comenzó a escuchar más cerca y más fuerte el “llorido” que lo había escuchado toda la noche al cruzar la sierra, al descolgar, todavía sobre los cañones, es una zona donde existen pozas de agua dulce que queda retenida por meses después de las lluvias, escuchó los “lloridos” más cerca, conociendo bien la zona y las pozas, decidió “guarecerse” en una poza que en el centro tiene una enorme piedra que da la apariencia de isla; se metió a la poza y espero encaramado en la piedra a qué amaneciera; sabía que el “lión” (puma) andaba enfermo (rabia) y que no se metería al agua, como finalmente ocurrió; el “lión” perdió su “juellla” y siguió de frente para caer en la madrugada en un rancho (San Pedro) donde mató dos perros y tres becerros antes de ser abatido por los rancheros con una 30/30.

En la mañana, al caer los primeros rayos de sol, llegó a San Pedro a tomar café con su amigo y pariente Abel García, un viejo ranchero con quien había compartido numerosas “arriadas” de ganado en la sierra, allí se encontró con la noticia que en la madrugada les había caído un “lión” matando dos perros y tres becerros; el cuadro era dramático, demoledor; amén del tremendo susto que se llevaron, ya que en la madrugada, oscuro todavía, no sabían qué animal era el que traía tanto escándalo en los corrales; fue difícil disparar la vieja 30/30 hasta darle muerte al “lión”; acto seguido mi bisabuelo les contó, cómo toda la noche escuchó el “llorido”, consciente que se trataba de un “lión” enfermo (con rabia), y las peripecias a las que tuvo que recurrir para protegerse del inminente ataque del que, muy seguramente, no hubiese salido con vida.

Aún joven, quizás de 30 o 35 años, protagonizaría muchas anécdotas más en su oficio de arriero hasta los años veinte cuando dejo el oficio y se convirtió en talabartero, tejedor de riendas para bestias (caballos) con correas de vaquetilla (piel de venado curtida que también sirve para hacer cueras) y gamuza; fue un auténtico artista; sus trabajos que jamás nadie los volvió hacer, son de los trabajos hechos a mano que más he admirado en mi vida; cabezales tejidos magistralmente con cerdas (pelo de yegua) que daban ese toque único y especial a las riendas y frenos que se usan en los arreos de los jinetes; él trabajaba la vaquetilla y la gamuza que utilizaba, teñida con cascalote (cascara) de palo blanco pasadas por cal, sal y agua.

Compadre del ilustre héroe cabeño, don Ildefonso Green Ceseña; fue un producto genuino de las primeras generaciones de sudcalifornianos que forjaron y contribuyeron desde sus humildes y modestos oficios, a darle vida a nuestra comunidad de sangre, legándonos identidad y pertenencia, de lo cual debemos sentirnos honrados y orgullosos por siempre. Descanse en paz mi bisabuelo Ildefonso García Torres, cuya sangre corre por mis venas y sus recuerdos siguen siendo una luz en mi camino. ¡Qué tal!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com

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