ABCdario


Por Víctor Octavio García

¡Qué tiempos aquellos!

 

* Siete años de sequía

 

En memoria de mi abuelo, Rafael Collins Collins, a veinte años de su fallecimiento

 

En 1932 –me platicaba mi abuelo– hubo una sequía que duró siete años sin llover; los primeros tres años lidiaron con el ganado en las partes bajas y planas basureando, cortándoles palo verde, palo blanco, picándoles cardón y biznaga y donde había, quemándoles choyas, dándoles de beber agua en manantiales (ojos de agua), en batequis en los arroyos y en pozos artesianos, antes de mover los “cambiaderos” a la sierra donde aún quedaba un poco de agua; época muy dura, donde el aislamiento y la falta de comunicación imponían condiciones en extremo difíciles; no había trabajo, no había dinero y la economía era prácticamente de trueque y lo que se producía era para el autoconsumo; el solo hecho de imaginarse tales condiciones resulta desolador e inexplicable para este tiempo, imagínese para las nuevas generaciones que sin el Internet en las primeras de cambio se les cierra el mundo.

El cuarto y quinto año de sequía, ya en la sierra, aún se daban el lujo de ordeñar y cuajar leche para hacer un “corazoncito” cada tercer día, hervir el suero para hacer requesón y cazar uno que otro venado, “cochi” mesteño o lazar becerros orejanos cuando bajaban al agua; el queso y el requesón al bajar de la sierra a Miraflores los cambiaban por café, azúcar, harina, sopas y otros comestibles de primera necesidad; con el agua que quedaba detenida en los cañones sembraban frijol, maíz, calabazas, camotes, tomates, chiles y cebollas para su consumo; el jabón ellos mismos lo preparaban en pequeñas piletas construidas entre los tepetates y pedregales en los cañones; al entrar el sexto año de sequía las condiciones se recrudecieron; comenzaron a secarse los ojos de agua en la sierra, comenzó a morirse ganado por falta de alimento y agua y a escasear el forraje (palo verde, palo blanco, máutos, palo amarillo) con le ayudaban para su manutención; dejaron de hacer queso y requesón y al dejar de producir no hubo trueque por mercancía (comestibles), que les dificultaba aún más su subsistencia; para esto, se la idearon; cortaron brazos de los cardones más verdes y jóvenes, picaron los brazos de cardón introduciéndoles las semillas en la jugosa pulpa; hicieron pequeños surcos en las partes planas y sembraron frijol, maíz, calabazas, cebollas y tomates que se alimentaban de las jugosas pulpas del cardón y la biznaga; dos años “cultivaron” con este rústico método lo estrictamente necesario para subsistir como lo hicieron tiempo atrás nuestros antepasados que forjaron nuestra centenaria “comunidad de sangre”.

Daba mucha tristeza, me decía mi abuelo, llegar a los ojos de agua secos y ver tantos “carcajes” de animales muertos en los alrededores; ganado, puercos mesteños, gatos, zorras, zorrillos, coyotes, tejones, mapaches, etc., los ojos de agua se secaron como no había ocurrido en cientos de años, las “chicharras” desaparecieron; aquello era un cuadro desolador; el ganado y las bestias (caballos, mulas y burros) casi se acabaron, le “cayó” plaga en medio de la sequía que le daba mucha tristeza verlos caer (muertos) sin poder hacer nada.

La dieta (comida) no era muy variada; frijol con arroz o sopa con frijol, asientos de café hervidos y rehervidos, talayotes guisados que recolectaban en las zonas donde se conservaba más la humedad; dulce de biznaga, te de hierva del venado y de damiana, café de semillas tostadas de caribe, atole de bellotas, caldos de palomas pitahayeras y paloma de la sierra (estas últimas son más grandes, del tamaño de un pollo) eventualmente liebres y chacuacas (codornices les llaman los fifi) y cuando había, tortillas de harina y de nixtamal de maíz; cuando agarraban un “cochi” mesteño o un becerro orejano, comían como Dios manda, y surtían la alacena para varios días; salaban la carne o la guardaban en lugares frescos donde se conservaba durante varios días; mientras se la ideaban para darles agua y de comer a los escasos vientres y cabezas de ganado que les quedaban.

Mi abuelo tenía desde ese entonces un carabina 25-20 (pochita) que aun la conserva su hijo, Arnulfo Collins; una carabina con la que “tumbo” varios “hijuelachingadas”, uno que otro “cochi” mesteño y becerros orejanos; el parque (tiros) ellos mismos lo reformaban, costumbre que se ha ido perdiendo, en aquel entonces se valían con lo que tenían y hacían lo que se podía y como se podía; nada de comprar, pedir prestado o encargar piezas porque no había los medios ni dinero para hacerlo; en la sierra, en fechas especiales se organizaban bailes que duraban tres o cuatro días; las muchachas bailaderas, de buen ver y mejor tentar, en la misma noche se cambiaban y bañaban hasta tres veces; se maquillaban (pintaban, según me comentaban personas que les tocó vivir en esa época) remojando papel china de colores para pintarse las mejillas y labios; la bebida más común era alcohol rebajado con canela.

Siete años sin caer una gota de agua dejaron devastada la sierra con muy poco ganado, más bien pie de ganado para comenzar a criar; en las primeras lluvias después de 7 años de sequía, me platicaba mi abuelo, comenzó a “notar” (observar) el nacimiento de plantas desconocidas, sobre todo en las partes altas de la sierra, que no son comunes ni conocidas en la zona; con el pasar del tiempo y tras años de experiencia y ver lo que ocurría cuando azotaban los chubascos, llegó a la conclusión que las semillas de esas nuevas plantas eran transportadas cientos de kilómetros por las corrientes de los vientos huracanados; mi abuelo fue un hombre de gran visión, esfuerzo, tenacidad y trabajo; toda su vida se dedicó a la agricultura sembrando pequeños “parchecitos” de media hectárea, de un cuarto de hectárea, de tres cuartos de hectárea, de tomates, chiles verdes, maíz, frijol entre otros, dependiendo de la disponibilidad del agua –regaba con agua rodada proveniente de un represo– y criaba ganado para hacer queso, con lo que forjó una numerosa familia de bien de 12 hijos, la mayoría dedicados a la agricultura alternando con la cría de ganado.

Gracias a su experiencia de muchos años, de ver y escuchar a gente con mayores conocimientos y experiencias que él, experimento dos métodos que le dieron excelentes resultados; cambiar el ciclo de producción del limón agrío y los tiempos de la “paridera” de las vacas; al limón mucho antes de que echara flor le quitaba el agua (no lo regaba) hasta que se le caían todas las hojas y aparentemente se secaba; tres meses antes de diciembre, los regaba día y noche durante mes y medio sin quitarle el agua hasta que comenzaba a brotar el azar (la flor) en lugar de la hoja, de suerte que en diciembre cuando nadie tenía limones y éste agarra buen precio en los mercados, él cosechaba limones; en cuanto a las vacas “paridoras” hizo lo mismo, en tiempo de lluvias cuando todo mundo “pillaba” los becerros para ordenar y hacer queso, él las dejaba sueltas; no era sino hasta en tiempo de “secas” cuando “pillaba” los becerros para la ordeña y hacer queso durante la manutención, de tal forma que el ganado cambió su tiempo de “brama” y “paridera” coincidiendo con la época de secas que es cuando mantenía, ordeñaba y hacía queso.

Sembró ciruelos amarillos que por años le han dado fama a Boca de la Sierra, así como tomate bola de excelente calidad; hoy siembran hortalizas y hierbas orgánicas para exportación que surten parcialmente los exigentes mercados de California, EEUU; y el problema sigue siendo el agua; el represo que fue construido por el General Juan Domínguez Cota en los años 30’s donde se almacena el agua durante las lluvias está azolvado, el canal destruido y las tierras donde antes se sembraba y se obtenían cosechas de inmejorable calidad lucen abandonadas o en enmontadas, la agricultura que ahora se práctica se hace en invernaderos, protegidas con mayas, totalmente diferente a lo que se hacía 40 o 30 años atrás; el progreso también cobra facturas. ¡Y vaya que las cobra!. ¡Qué tal!

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com

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