Cívitas – Californio – XXIV


* Don Matías L. Galindo, josefino que superó el siglo de vida

Por Domingo Valentín CASTRO BURGOIN

0 a la voz del sur almacenes goncansecoBarrio Villa Chica.  Centro Histórico de San José del Cabo.  Fines de los años sesentas del siglo pasado.  Yo tenía menos de diez años. Ya había vivido en San José, donde cursé unos años de educación básica, pero vivíamos en La Paz y en cuanto salía de vacaciones al día siguiente estaba en San José con mis primos. Apenas recuerdo la brecha por donde pasaba en los autobuses amarillos donde mi padre trabajó de chofer y con sus compañeros “me encargaban”, pues viajaba solo desde los seis años de edad.  Eran los tiempos del San José de unos cuantos miles de habitantes. Estero sano como un vergel.  Huertas en el centro histórico, la de Albañez,  a escasos trescientos metros del actual palacio municipal.  Dominaban el comercio local los   “Arámburo”, Don Ernesto y su hijo Enrique, y desde luego “Almacenes Goncanseco”,  tienda más antigua que anteriormente se había llamado “La Voz del Sur”, propiedad de Don Valerio González Canseco, y que después heredaría Don Carlos Manuel González Ceseña, con quien trabajé dos años, primero de empacador de mercancías y luego de cajero general, a mis quince años de edad.  Ahí conocí a muchos que fueron amigos a mi corta edad: a Don Ricardo Mendoza Mouet, hermano del “Pano” y  de Emilio “Milo” Mendoza, famoso deportista, padre de mi amigo el profesor Luis Mendoza; a José Luis “Chivi” Verdugo Pedrín, abuelo de mi amigo Gabriel Fonseca; a  Hiram Taracena;  a Don  Avelino Navarro  y su hijo el “Cuate”, que cuidaba parte del almacen y era responsable del toque de entrada y de salida de  unos cuarenta o cincuenta trabajadores; a Don Ricardo Calderón de la Barca y a su hijo el “Meme”; a Chabelita Montaño, a la Toli, hija de Don Roberto Ceseña, a Ruth Sandoval, a Lucita, a la Meche, y a muchos amigos más.   Poco antes de trabajar ahí, acompañaba a mi madrina Chata a adquirir cada quincena el bastimento y artículos para la casa, con el sueldo que religiosamente le proveía mi Tío Cano, a la vieja tienda donde conocí a Don Joaquín Palacios, que administraba la ferretería y a Don Abel Olachea Ceseña, padre de Miguel Ángel Olachea Palacios, que fue presidente municipal de Los Cabos durante el periodo 1993-1996. Calles de terracería, carros escasos, caballos en las calles.

Ahí estaba el huanacaxtle, en el que fue terreno de Don Ramón Carballo y doña Dominga Valle, padres de mi Tío Cano, de Ángel que murió en accidente, de mi padrino Cuatito, de mis tíos Ramón Carranza,  Nicolás el “Guita” y Fernando “Pache”;  árbol centenario  que a la fecha sigue “viendo pasar el tiempo”  y del que ya me he ocupado.   Mi padrino Cuatito y su esposa Martina León de Carballo, originaria del barrio del Esterito de La Paz, zona de pescadores yaquis que allá se asentaron fundando un brava colonia de nuestra ciudad capital, dieron hospitalidad, aún en su humildad y pobreza, a mucha gente, parientes y amigos, sobrinos que criaron como a hijos, y a otros familiares  que venían de La Paz o de algunos ranchos, a quedarse un tiempo, de visita o a estudiar secundaria o una carrera comercial.

Pero hoy quiero ocuparme, un poco,  de Don Matías L. Galindo.  Lo anterior, sirva como introducción y reminiscencia.  Como el espacio es reducido,  en otra entrega daré mayores datos de la vida de este personaje josefino, que sirvió al ahora municipio, sin recibir nada a cambio.

z-estero-cabezal-colectivo-pericu-ok.jpgDon Matías, hombre de avanzada edad, murió a los ciento uno o dos años, espero precisarlo luego; había sido Delegado Municipal de San José del Cabo, cuando el cargo era honorario, sin pago.  Esto lo registran algunos libros de historia, particularmente uno de mi amiga la doctora Edith González Cruz.

Don Matías, cuya esposa era doña Guadalupe Cota con quien no tuvo hijos,  nunca bebió, aunque vendía licor que compraba en barricas y tenía billares;  tenía ganado y  una tienda que surtía de mercancía que le enviaba de La Paz Don Antonio Ruffo, quien dominaba también el comercio y la navegación en el puerto paceño. Pero ya solo, en su vejez, al parecer rentaba a los Arámburo la casa en la esquina de las calles de Mauricio Castro y Vicente Guerrero, tan solo pasando la calle donde nosotros vivimos.  Como la “chamacada” sobraba, muy productiva la familia, no faltaba alguno de  nosotros que le ayudara a salir de su casa, fabricada con techo de palma, vigas encaladas como paredes y sin piso,   para cruzar la calle e  ir a comer pues se “asistía” en casa de mi padrino Cuatito, quien lo ayudó gustosamente por amistad o fraternidad, no obstante que Don Matías tuvo dos hijos,  Manuel al que decían “Chonito” y  otro llamado Alfredo.  El primero  vivió a solo unas cuadras de su padre,  en una vieja casona, a un costado de la Escuela Primaria Gregorio Cruz y Rodríguez donde actualmente se encuentra.

Don Matías, muy ancianito, pero con movilidad, apenas oía y miraba: delgado, blanco, no era calvo, de barba no muy crecida, usaba un gorro de felpa y se abrigaba muy bien. Los pocos ingresos que recibía, procedían de los jugadores de baraja (“panguengui” o “paco”) que sábados o domingos, asistían a su casa, y a los cuales Don Matías cobraba la “cica” especie de renta por cada partida, donde el ganador pagaba.  Ahí se la pasaban entretenidamente el “Güero León”,  el “Bochón” y su hermano el Goyorín (Gregorio Pimentel),  Don José Ojeda,  el “Toto”, mi Tata Domingo, mi tío “Lolo”, un policía a quien decían el “Chato”, el “Cabos Negros”, chofer de “Arámburo”, Ernesto “Pinzón”, el “Rojo” (Rogelio Bertín) y su hermano el “Llalán”, quienes proferían disparates y bromas y se emocionaban tremendamente, con la jugada que era de unos cuantos pesos de la época.  Mis primos, Ramón, Marcos y yo, acudíamos religiosamente,  jarra de café, tazas y empanadas en mano,  a venderles estos “tenten-pies” porque apasionados a la jugada se la pasaban todo el día y parte de la noche, sin levantarse, solamente para ir a la vieja letrina en caso de necesidad fisiológica.  Eso fue para nosotros una “escuelita”, porque aprendimos a jugar baraja tan solo viéndolos a estos célebres personajes de nuestros recuerdos;  también, no faltaban los dimes y diretes con que  bromeaban y se comunicaban unos con otros, expresiones que nosotros repetíamos incesantemente, hasta la fecha.

Pero un día de tantos, nosotros chamacos aún, tal vez a mediados de los años setentas, Don Matías, enfermó y sin hacer larga cama, murió.  Recuerdo que al viejecito inerte, nosotros ayudamos a vestirlo y colocarlo en un catre hasta que se le colocó en el féretro, y se le veló en el corredor de la casa de mi padrino Cuatito, su protector,  entre la vieja casa de ladrillo y la cocina de palma y carrizo, donde la entrañable Doña Martina, preparaba los alimentos para muchos de nosotros, y en ocasiones, las empanadas que vendíamos en la “jugada” de baraja.

Y como en una procesión, colocado el cuerpo de Don Matías en un viejo pick up, lo acompañamos al panteón josefino, a darle cristiana sepultura, a reunirse con los suyos. La mayoría de los jugadores de baraja en la casa de Don Matías, han muerto; por su afición al juego y su amistad, seguramente donde se encuentren, si fuera posible, organizarían otra jugada.

#Sus comentarios y sugerencias las recibo en  mis correo:  civitascalifornio@gmail.com;  y valentincastro58@hotmail.com

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7 comentarios en “Cívitas – Californio – XXIV

  1. Alonso Manuel Muñoz Gonzalez

    Me parece super interesante sus reportajes de años atras, po la admiracion de mis abuelos, me gustaria conocerlo personalmentey felicitarlo y hacerle mucho mas preguntas.

  2. Checo

    Soy Sud Californiano y Choyero de corazón, aunque vivo en Sinaloa me gusta estar enterado de lo que pasa en BCS, y al leer estas semblanzas, la nostalgia gana. Cuantas historias de comunidades, familias y personas que en su tiempo y circunstancias le hicieron también historia a Baja California Sur.
    Gracias por contarlas de manera tan amena, Ojalá platique muchas más.
    Saludos.

    1. VALENTIN CASTRO BURGOIN

      Con mucho gusto Checo. Y muchas gracias por el comentario. Como notarás lo escribo también por nostalgia y gratitud a nuestros viejos, muchos que ya se fueron. Sus palabras son estímulo y el mejor y único pago que recibo. Saludos y a la orden.

    1. VALENTIN CASTRO BURGOIN

      Muchas gracias Fisgón. Recordar es vivir. Y es también homenaje de perpetuidad a quienes se nos adelantaron en el camino. Saludos y gracias por el comentario.

  3. cris

    me encantan este tipo de relatos, aunque no me tocó vivir en esa época me recuerdan a los tiempos de mi niñez cuando muchas cosas eran más sencillas, más tranquilas y más bonitas.

    1. VALENTIN CASTRO BURGOIN

      Gracias por su comentario Cris. Dicen que cada uno piensa que su época fue la mejor. Sin embargo, realmente evocar reminiscencias es volver a vivirlas, sobre todo cuando dejan enseñanzas de vida, como es el caso. Saludos.

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